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Guacamayo José Maldonado
Guacamayo José Maldonado
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Descubre Guacamayo José Maldonado en Teatros del Canal

  • Danza flamenca, pintura en vivo y música en directo se funden en un estreno absoluto del ciclo Canal Baila

¿Qué ocurre cuando un cuerpo deja de bailar sobre un escenario y empieza, literalmente, a pintarlo? Esa es la pregunta que sobrevuela Guacamayo José Maldonado, la nueva creación que Teatros del Canal de la Comunidad de Madrid estrena en absoluto los días 12 y 13 de septiembre, dentro del ciclo Canal Baila. Danza flamenca, pintura en vivo y música en directo dejan de ser disciplinas separadas para fundirse en una sola acción escénica, donde cada trazo nace del movimiento y cada movimiento deja su huella visible sobre el lienzo.

Un lienzo que respira al ritmo del compás

José Maldonado firma prácticamente todo lo que sucede sobre el escenario: la idea original, la coreografía, la dirección escénica y musical, el baile y, también, la pintura. Pocas veces un intérprete asume tantos frentes creativos a la vez, y menos aún consigue que ninguno eclipse al resto. Sobre un lienzo que arranca completamente en blanco, su cuerpo va dejando el rastro de cada gesto, y el color se convierte así en el testimonio físico de una emoción que de otro modo permanecería invisible. El cante, la guitarra y el golpe seco del tacón construyen, mientras tanto, el paisaje sonoro que envuelve esa transformación.

Del jondo a lo animal: una metamorfosis en escena

Guacamayo no se conforma con retratar un instante: propone un auténtico arco de transformación. El intérprete recorre el camino que va de lo humano a lo animal, hasta convertirse, ante los ojos del público, en el ave que da título a la pieza. El espacio escénico acompaña esa mutación: lo que comienza siendo un lienzo vacío termina convertido en un bosque amazónico, un territorio salvaje que crece a medida que el bailaor se despoja de su forma original. La imagen germinal de todo el proyecto surgió, según cuenta el propio Maldonado, de un sueño: un cuerpo cuyo plumaje contenía ya, sin necesidad de pinceles ni pigmentos externos, todos los colores necesarios para pintar.

Imagen de José Maria Maldonado con Abanicos
Guacamayo José Maldonado (f) Marta Romero Coll

Cuando los brazos se convierten en pinceles

Lo más singular de esta propuesta es que la pintura no funciona aquí como un añadido decorativo a la danza, sino como una extensión natural del propio movimiento. Brazos, torso y extremidades se ponen al servicio del trazo, mientras que elementos como el pañuelo o los abanicos amplían el vocabulario plástico y coreográfico del bailaor. El lienzo termina por recoger, casi como una partitura visual, las huellas exactas del baile, materializando el impulso flamenco en forma de color y textura.

Un elenco que sostiene la emoción desde los márgenes

Maldonado no está solo en este viaje. Le acompaña Juan Gómez "Chicuelo", responsable de la música original y de una guitarra que dialoga constantemente con el movimiento; la cantaora Ana Brenes, cuya voz aporta la hondura necesaria para sostener la narración; y el percusionista Jacobo Sánchez, encargado de marcar el pulso que empuja al bailaor de una forma a otra. Entre los tres tejen un entramado sonoro que no acompaña la escena desde fuera, sino que respira dentro de ella, como un cuarto elemento más de la transformación.

Arte jondo hecho materia visible

Lo que propone Guacamayo, en última instancia, es hacer tangible algo que el flamenco suele reservar al terreno de lo intangible: la esencia misma del arte jondo. Ver cómo una emoción se convierte en color ante los ojos del espectador añade una capa de sentido que trasciende la disciplina de la danza, situando la pieza a medio camino entre el espectáculo escénico y la instalación plástica en tiempo real. No es solo una metáfora sobre la transformación; es la transformación misma, ocurriendo en directo, sin trucos ni artificios que la disimulen.

Cuando las luces se apaguen tras la última función, en el lienzo quedará algo más que pintura: quedará el registro exacto de un cuerpo que, durante un rato, dejó de bailar para convertirse en pájaro y en color al mismo tiempo. Pocas propuestas escénicas logran que la metamorfosis deje, además de emoción, una prueba física de que ha ocurrido. Guacamayo lo consigue, y ese lienzo, una vez caído el telón, seguirá contando la historia mucho después de que el escenario se quede vacío, como si el propio bosque amazónico invocado durante la función se negara a desaparecer del todo. Quien se acerque los días 12 o 13 de septiembre a Teatros del Canal no asistirá, por tanto, a una simple función de danza, sino al nacimiento de una obra plástica que solo existe mientras dura el compás.