El Cautivo De If por Victoria Calvo. Descifrando a Dumas.

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En el invierno de 1815, Edmond Dantés, se arrastraba por la lúgubre celda del Castillo de If. Una fortaleza en medio de un mar sangriento cuyas olas reclamaban desde sus profundidades un nuevo encarcelamiento terriblemente injusto. La plenitud de la adolescencia, ese estado bucólico en el que los sentimientos se fraguan con el impulso de los sentidos, le había abandonado por la traición de Danglars, Fernando y Caderousse. La envidia, los celos y la avaricia de esos tres hombres fueron sus verdugos. Le arrebataron su inocencia, su juventud y no dudaron en apartarle de aquellos a los que amaba.

«Entonces se encontró solo en medio de las tinieblas y el silencio, tan mudo y tan sombrío como aquellas bóvedas de las que sentía llegar el frío glacial a su mente calenturienta».

Los temores más oscuros, los miedos y los horrores dentro del calabozo, se hicieron eco entre los muros de la desesperación grabándose en las páginas errantes de un Dumas eterno. Los confines infinitos del sufrimiento humano, traspasaron una frontera desconocida para aquellos que aún no se han entregado al sueño oscuro del espíritu.

«Quiero morir…».

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Mientras Dantés contemplaba un rayo de luz inmisericorde que entraba por una ínfima abertura enrejada, imaginó varias formas de muerte con los únicos elementos disponibles de un prisionero del siglo XIX. Pensó ahorcarse con su propio pañuelo atándolo a un barrote de la reja. Desistió de esa idea infame. Como marino, había sido educado en el horror de los piratas y vio como a muchos de los cuales se les colgaba de las vergas de los navíos. Un suplicio degradante que no quiso aplicárselo a sí mismo. Otra idea de muerte, fue tirar por la ventana el repugnante alimento que le daban cada día y abandonarse a voracidad de las ratas. Pero desistió de esas ideas suicidas cuando escuchó un débil sonido que emergía desde lo más hondo del calabozo. Sintió un tímido estallido de voluntad que le hizo aferrarse a la vida.

«Era un rasguño semejante al que suele hacer, ya una garra enorme, ya unos dientes poderosos, o bien la presión de algún instrumento sobre las piedras».

Oyó un golpe en la pared. Descubrió que el prisionero de al lado excavaba una galería que terminaba en su celda. Un túnel entre la locura y la cordura. De la mano del Abate Faria, comprendió que cada ser es dueño de sus propias experiencias, vivencias irrepetibles, intransferibles y únicas que no merecen ser juzgadas. Entonces la reflexión deja de ser un huésped olvidado y se convierte en el esperado anfitrión que nos enseña los rincones más buscados de nuestro espíritu. Para Dantés, apareció en forma de un extraño cautivo, un abate al que consideraban loco por afirmar que poseía una inmensa fortuna. El prisionero de la celda de al lado, le enseñó a ser un hombre versado en varias disciplinas. La cárcel se convirtió en una escuela donde Dantés se transformó en un hombre sabio. En los lugares más inimaginables aparecen los mejores maestros y fue en la cárcel donde Dantés encontró el mayor de los tesoros; el del saber. Su maestro fue el Abate Faria. Un mentor, un espejo; el reflejo de un alma que encontró la libertad entre cuatro paredes. Un peculiar prisionero que le dejó la fortuna incalculable del conocimiento.
Revestido de un poder ilimitado, Edmond, decidió ser un juez implacable y un verdugo invisible. El rencor fue el impulso definitivo.

«El asco escuece más que el odio…».

Al escapar de la cárcel, se convirtió en el hombre de los mil rostros. Se hizo llamar el Conde de Montecristo, el Abate Busoni, Lord Willmore y Simbad el Marino. Adoptó el puesto de rey de los bandidos y surcó los siete mares como un avezado marino. La inmensa fortuna heredada por su compañero de celda le permitió ser la garra implacable de la venganza.

«Adiós, bondad, humanidad y gratitud… Adiós, todos los sentimientos que ennoblecen el alma. He querido ocupar el puesto de la providencia para compensar a los buenos… Ahora cédame el suyo el dios de las venganzas para castigar a los malvados».

A veces, lo que parece un camino equivocado, torcido y ajado, se endereza y rectifica como liberación de cualquier tormento. A través de la novela, las épocas pasadas y futuras se reencuentran y los presos de antaño como Dantés, muestran a los cautivos que viven en celdas construidas con limitaciones opacas que la vida se retuerce sobre sus pasos para enderezarse en cada curva.
Alejandro Dumas nos dejó un legado intemporal y trascendente. Su obra no es solo una historia de venganza, es una epopeya donde la justicia moral va más allá de la justicia humana. Una lucha oculta entre el honor y el deshonor. Entre lo odiado y lo jurado. Entre la constante búsqueda del amor platónico y la pureza de la inocencia. Valores perpetuos e inmortales como El Conde de Montecristo.