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Concha Ibáñez, la pintora que amaba la tierra

La pintora y grabadora Concha Ibáñez Escobar nace en 1926 en Canet de Mar (Barcelona), pero sus orígenes hay que buscarlos más hacia el Sur.

En efecto, en la Alpujarra almeriense, en el valle del río Andarax, custodiado en un lado por Sierra Nevada y en el otro por la Sierra de Gádor, se encuentra Instinción, el pueblecito de origen andalusí, del que procede la familia de Concha Ibáñez.

Son los primeros años del siglo XX y en Instinción, los Escobar Pastor tienen algunas tierras, algo de ganado y una carnicería, es decir disponen de una economía saneada.

Un hecho fortuito hace que el matrimonio Escobar Pastor conozca Cataluña y las posibilidades de desarrollo y de vivir mejor. Deciden volver a Instinción, venden todas las propiedades y enseres y emigran con sus siete hijos a Cataluña, instalándose en Canet de Mar, un pueblecito cerca de Barcelona.

Entre los hijos está la madre de Concha, María Cristina Escobar, que ha dejado en Instinción a un novio minero, Francisco Ibáñez, que cuando termina el servicio militar, viaja hasta Canet de Mar, se reúne con su novia, se casan y nacen sus tres hijas Concha, Cristina y Paquita Ibáñez.

En Canet de Mar, Concha Ibáñez descubre el mar y a pintores que tratan de reflejarlo en sus lienzos. Es en ese momento cuando Concha decide que cuando sea un poco más mayor, se consagrará a la Pintura.

Las tres hermanas Ibáñez estudian corte y confección y se convierten en unas hábiles modistas que aportan unos significativos ingresos al hogar familiar. Pero al mismo tiempo Concha Ibáñez no deja de estudiar pintura. Así, aprende con el pintor Josep Oriol Baqué Mercader, que vivía cerca de su casa y posteriormente pintura, grabado y dibujo en la Escuela de Artes y Oficios Artísticos Llotja de Barcelona con artistas como Francesc Labarta, al mismo tiempo que frecuenta los ambientes artísticos de la época en el Cercle Artístic de Sant Lluc.

En 1960, expone por primera vez, en la sala de la librería Jaimes, de Barcelona y desde ese momento, decide abandonar la costura y la confección de vestidos y dedicarse exclusivamente al Arte, a través de la Pintura, el Grabado y el Dibujo.

Toda su vida vive del Arte, pese a la dificultad que siempre ha tenido vivir exclusivamente de la Pintura, sin otra fuente de ingresos auxiliar.

Concha Ibáñez viaja mucho, tomando notas para después pintar los paisajes de Andalucía, Baleares, Canarias, Castilla, o Cataluña. En numerosas ocasiones, lo hace acompañada por su sobrina, la también pintora Cristina Fonollosa.

Expone en muchas galerías españolas (Barcelona, Girona, Ibiza, Jaén, León, Lleida, Madrid, Málaga, Menorca, Palma de Mallorca, Salamanca, Santander, San Sebastián, Tarragona, Vigo) y del extranjero como Bruselas (Bélgica), La Habana y Holguín (Cuba), Milán (Italia), Nueva York (USA) y Viena (Austria).

En su carrera artística, Concha Ibáñez recibe diferentes premios (Pintura Ciutat de l’Hospitalet; Diputació de Girona; Pintura Hidalgo de Caviedes de Jaén; Pintura Donart; D’Arts Plàstiques del Museu de la Marina de Vilassar de Mar, entre otros). En 1992 es invitada a participar con un grupo de artistas catalanas en el II Festival Internacional de Mujeres, en Bangkok. En 1999 inaugura la muestra “El siglo de las mujeres en la Mediterránea”, organizado por el Institut Català de la Dona. En 2014 el Ayuntamiento de Canet de Mar le concede su Medalla de Oro.

En una entrevista Concha dice: “Yo soy muy disciplinada. Se ha de ser. Quiero decir, hoy un día porque hace sol, otro día porque llueve, otro día… no, no. Yo normalmente me pongo a trabajar a las nueve hasta la una. Luego como, leo el periódico, miro un poco las noticias y luego a la tarde grabo El grabado lo dejo más para la tarde o para la noche. Pero pintar, pintar siempre pintando, con luz del día, siempre. Quiero decir, en esto soy disciplinada, me impongo la disciplina. Muchas veces me digo oye, déjate de historias y ponte a trabajar. Figuras he hecho pocas, pero también las hago muy sobrias, le pongo muy pocos adornos. Sí. Y siempre me han gustado los países y además yo soy de una generación que cogí el arte pobre, lo gestual y todo, pero a mí me gustaba la tierra y dije pues hago lo que me gusta. Siempre me ha importado mucho el trabajo del hombre en la tierra. Básicamente. Nunca pongo gente, pero, por ejemplo, las piedras de Menorca, el campo de Tarragona que hay los márgenes estos, los márgenes de Cadaqués, que están hechos con pizarra negra… Quiero decir, todas estas cosas que cada uno ve. Es como cuando tú conoces a una persona, tú le ves unas cosas y otro le ve otras cosas. Cuando estudié, pues hice figuras, hice de todo. Pero a mí lo que me gusta es la tierra. La tierra”.

De la obra de Concha Ibáñez, la crítica ha dicho que su pintura es una "síntesis de espacio, luz, tierra, naturaleza y arquitectura dentro de un todo bien trabado y sensible a los rasgos propios de cada lugar" y que "practica el tacto y la geometría del arte de pintar con un fervor infrecuente". También que “Concha Ibáñez practica el tacto y la geometría del arte de pintar con un fervor infrecuente, con una rara distinción que hace que en estas obras suyas todo sea límpido y sereno, claro y preciso, pero, al propio tiempo, suave y querencioso, más como acariciado dulcemente que como plásticamente aprisionado en su estricta captación”.

El diccionario Ràfols de artistas contemporáneos de Cataluña y Baleares señala que la obra de Concha Ibáñez "está hecha de soledades y silencios, resuelta con sencillez y coloreada con dulzura, desplegando formas con matices con una cautivadora sensibilidad poética".

Su obra está presente en las colecciones artísticas de numerosas instituciones culturales y en la práctica totalidad de los museos catalanes, destacando el MACBA.

En diciembre de 2022, Concha Ibáñez fallece a la edad de 96 años.

En 2024, tiene lugar una magnífica exposición retrospectiva en Tenerife, comisariada por Elina Norandi y organizada por la Fundación Cristino de Vera – Espacio Cultural CajaCanarias.

Pepe González Arenas