Fotografías Carlos H Ramos
El 29º Festival de Málaga no solo se consolida como un escaparate del cine español. sino como un espejo donde convergen distintas formas de entender la realidad: desde lo íntimo hasta lo social, desde lo visible hasta aquello que rara vez se muestra. En este recorrido, el cine dialoga con la experiencia personal, con los prejuicios que arrastramos y con la manera en la que construimos nuestra propia mirada.
A través de propuestas que abordan la discapacidad, la identidad o los márgenes sociales, y con la participación de voces creativas tanto delante como detrás de cámara –a las que se suma el trabajo esencial de estilismo y construcción de imagen–, este artículo recorre algunas de las piezas clave del festival. Un itinerario que se completa con el reconocimiento a esas miradas en la clausura, donde las Biznagas ponen en valor aquellas obras que logran trascender.
Ganas de vivir : un relato que trasciende la biografía.
(Desirée Vila atleta paralímpica y actriz, Juan Manuel Montilla rapero, actor y director)
El documental “Ganas de vivir”, dirigido por Juan Manuel Montilla y protagonizado por Desirée Vila, se presenta en el Festival de Málaga como mucho más que un retrato personal. El documental sitúa en el centro la experiencia de Desirée Vila, construyendo un relato sobre superación, identidad y transformación personal a partir de un punto de inflexión que marcó su vida.
Lejos de quedarse en lo biográfico, el proyecto abre la mirada hacia cuestiones universales. Tal y como comparte la propia Desirée, su historia –marcada por la amputación de su pierna a los 16 años– sirve como punto de partida para hablar de gestión emocional, del perdón o de la capacidad de adaptarse a lo inesperado. Un enfoque que busca ir más allá de lo individual para conectar con cualquier espectador.
En esa misma línea, Juan Manuel Montilla afronta con “Ganas de vivir” su primer largometraje documental, una experiencia que le ha llevado a explorar una forma distinta de narrar, más ligada a la escucha y a la observación, construyendo el relato desde el respeto y poniendo en valor la historia real que lo sostiene.
Durante la conversación, ambos coinciden en la dimensión emocional del proceso. Por un lado, el impacto de enfrentarse a una vivencia tan dura desde fuera; por otro, la complejidad de volver a atravesarla desde dentro. En el caso de Desirée, ese ejercicio de revisar momentos difíciles se convierte también en una forma de resignificarlos y compartirlos con honestidad.
El resultado es un documental que no busca quedarse en la pantalla. “Ganas de vivir” plantea una invitación directa al espectador: detenerse, reflexionar y cuestionar la mirada con la que entendemos la discapacidad, la adversidad y, en última instancia, la propia vida.
La mujer de la fila: desmontar prejuicios desde lo invisible.

(Director Benjamín Ávila)
En la Sección Oficial del festival se presentó “La mujer de la fila”, dirigida por Benjamín Ávila, un largometraje de ficción basado en hechos reales que pone el foco en una realidad pocas veces explorada: la de las familias de personas privadas de libertad.
La película sigue a Andrea, una mujer cuya vida cambia radicalmente cuando su hijo es encarcelado, obligándola a enfrentarse no solo al sistema judicial, sino también a sus propios prejuicios.
Ávila define la obra como un viaje de transformación. A través de la experiencia de Andrea Casamento, el espectador se adentra en un universo que, aunque cercano, suele permanecer invisible. La cárcel no solo encierra a quienes están dentro, sino también a quienes esperan fuera.
Uno de los elementos más destacados del filme es la dimensión colectiva: las mujeres que hacen fila para visitar a sus familiares terminan construyendo una red de apoyo que rompe con la idea inicial de distancia o prejuicio. Esa evolución –de la mirada individual al entendimiento compartido– es uno de los pilares narrativos de la película.
El director insiste en que la intención no es ofrecer respuestas, sino abrir preguntas. Cuestionar la manera en la que juzgamos, señalar la falta de empatía y, sobre todo invitar al espectador a
revisar sus propias ideas preconcebidas en una sociedad marcada por el juicio rápido y el rechazo al otro.
Antonio Eloy: la imagen como lenguaje dentro del festival.
Si algo queda claro en el recorrido del Festival de Málaga es que el discurso no solo se construye desde la pantalla. También se articula desde aquello que vemos antes incluso de que comience la proyección: la imagen.
En este contexto, el trabajo de Antonio Eloy y su equipo se convierte en una pieza clave dentro del engranaje del festival. Lejos de limitarse a lo estético, su enfoque parte de una idea clara: cada imagen debe responder a una identidad, a un contexto y a una intención.
Tal y como se desprende de la conversación, el proceso creativo no comienza en la ejecución, sino mucho antes. En la escucha, en la observación y en la capacidad de entender qué necesita cada persona y cada proyecto. No se trata de imponer una tendencia, sino de construir coherencia.
“Cada rostro y cada artista requieren algo distinto. La clave es escuchar, ver qué quiere transmitir y adaptar el maquillaje y la peluquería para que todo tenga sentido”.
(Paloma González encargada de peluquería, Antonio Eloy director de la escuela y Paloma Osorio encargada de maquillaje)
Paloma Osorio: precisión y naturalidad.
En el ámbito del maquillaje, Paloma Osorio pone el acento en la importancia de trabajar desde la piel y desde la naturalidad, entendiendo el rostro como un espacio narrativo.
Tal y como explicó durante el encuentro, el objetivo no es transformar, sino acompañar. Construir un maquillaje que respete la identidad de quien lo lleva, potenciando sin ocultar. En el contexto de la alfombra roja, esto se traduce en acabados luminosos, equilibrio en los tonos y una atención constante al detalle.
“El maquillaje tiene que ir un poco más intenso que en el día a día, porque con los focos y los flashes muchas veces se pierde”.
Para conseguir un acabado duradero, el equipo trabaja con marcas profesionales habituales en cine y televisión como MAC Cosmetics, NARS y Make Up For Ever.
Paloma González: estructura y carácter.
Desde la peluquería, Paloma González aporta la dimensión estructural del look. El cabello, lejos de ser un elemento aislado, se convierte en una herramienta que define el carácter de la imagen.
Recogidos, ondas o acabados más pulidos responden siempre a una intención concreta. Nada es casual. Cada decisión busca reforzar la identidad que se quiere proyectar, adaptándose tanto al contexto del festival como a la persona.
La naturalidad, en este caso, es el resultado de una construcción precisa.
“Muchas veces buscamos estilos que parezcan sencillos, pero que estén muy trabajados para que aguanten toda la alfombra roja”.
Para ello utilizan productos profesionales de firmas como L’Oréal Professionnel y Kérastase.
En conjunto, la labor de Antonio Eloy y su equipo pone de manifiesto que la imagen también narra. Que forma parte del relato cultural del festival y que, al igual que las películas, contribuyen a generar discurso.
Clausura y Biznagas: el reconocimiento a las miradas.
La clausura del 29º Festival de Málaga pone el broche final a una edición marcada por relatos que invitan a la reflexión y al diálogo. En este contexto, las Biznagas de Oro –máximo galardón del certamen– reconocen aquellas obras que, además de su calidad cinematográfica, han sabido conectar con el espectador desde lo emocional, lo social y lo humano.
La Biznaga de Oro a la Mejor Película Española ha sido para “Yo no moriré de amor”, ópera prima de Marta Matute. La película aborda el impacto del Alzheimer temprano en el núcleo familiar a través de la historia de Claudia, una joven de 18 años que se ve obligada a asumir de forma prematura el rol de cuidadora de su madre. El filme construye un relato íntimo y emocional sobre la responsabilidad, el duelo anticipado y la transformación de los vínculos familiares ante una enfermedad que lo cambia todo.
(Foto familiar entrega Biznaga de Oro Mejor Película Española a “Yo no moriré de amor” de Marta Matute)
Por su parte, la Biznaga de Oro a la Mejor Película Iberoamericana ha recaído en “El jardín que soñamos”, del director Joaquín del Paso. La película sigue a una familia migrante haitiana en su búsqueda de un nuevo comienzo, enfrentándose al desarraigo y a un entorno hostil marcado por la tala ilegal y la degradación del paisaje. A través de esta noble mirada –social y ecológica–, el filme reflexiona sobre la migración, el cambio climático y la capacidad humana de construir espacios de afecto y esperanza incluso en contextos adversos.
(Foto familiar entrega Biznaga de Oro Mejor Película Iberoamericana “El jardín que soñamos” de Joaquín del Paso)
Ambas obras, desde perspectivas muy distintas, comparten una mirada profundamente humana que conecta con el espíritu de esta edición: historias que no solo se cuentan, sino que interpelan y permanecen.
Una mirada que permanece.
El 29º Festival de Málaga se cierra, pero las preguntas que plantea permanecen. A lo largo de esta edición, el cine ha demostrado, una vez más, su capacidad para ir más allá del entretenimiento y convertirse en un espacio de reflexión, de encuentro y de revisión de nuestras propias certezas.
Desde relatos que nacen de la experiencia personal hasta historias que ponen el foco en realidades invisibilizadas, todas las propuestas comparten un mismo impulso: el de invitar a mirar de otra manera. A cuestionar los prejuicios, a detenerse en lo que normalmente pasa desapercibido y a entender que, detrás de cada historia, hay una verdad que merece ser escuchada.
En ese mismo sentido, el trabajo que rodea al cine –desde la construcción de la imagen hasta la manera en la que se presentan los cuerpos y las identidades– también forman parte de ese discurso. Porque todo comunica, todo construye relato.
La clausura y la entrega de las Biznagas no solo reconocen películas, sino formas de mirar. Y es precisamente ahí donde reside la esencia de esta edición: en la capacidad de generar una huella que trasciende la pantalla y se instala en quien observa.
Porque, al final, el cine no solo nos muestra historias. Nos obliga –o nos invita– a repensar la nuestra.
