Mercedes Daza (Granada) es jueza en Córdoba, doctora en Derecho, escritora y artista plástica: una creadora poliédrica que habita en la frontera donde la palabra y el lienzo se funden. Su obra, situada en el cruce entre lo jurídico y lo emocional, construye un lenguaje propio en el que la imagen no ilustra, sino que narra. Su trayectoria, marcada por una mirada analítica y a la vez profundamente intuitiva, le permite diseccionar la realidad para reconstruirla desde el concepto, el color y la tensión de lo latente.
En su última exposición, Los pasos del pecado, presentada en el Centro Cultural UCOCultura de la Universidad de Córdoba, propone un desplazamiento radical del concepto clásico de culpa hacia una lectura contemporánea donde el espectador deja de ser inocente.
1. Hay algo poco habitual en tu perfil: una carrera jurídica sólida y, al mismo tiempo, una trayectoria artística reconocida. ¿Qué parte de ti llega antes al lienzo: la jueza o la creadora?
Ambas forman parte de mi esencia pero no compiten, se complementan. El ámbito jurídico me aporta orden, comprensión, humanidad, justicia y lógica, aunque con poco margen de maniobra. El campo artístico me otorga el poder desenvolverme de forma imaginativa y sugerente, con la libertad de no tener que pedir permiso.
2. Presentas Los pasos del pecado en el Centro Cultural UCOCultura de la Universidad de Córdoba, una propuesta que replantea uno de los conceptos más arraigados de nuestra tradición cultural: la culpa. En la serie sugieres, de algún modo, su suspensión. ¿Qué ocurre cuando el pecado deja de ser condenado?
Ocurre algo incómodo: desaparece el refugio moral. Los pecados capitales han sido, durante siglos, motivo de condena. En mi exposición el objetivo es que la pena se suspenda. Esta vez mi obra se impregna de color y luz para irrumpir donde antes habitaba la culpa. A través de la figura de piernas femeninas que se insinúan, se deslizan, se fragmentan y atraviesan la escena, intento trazar un requiebro en lo esperado para narrar una historia que deje huella, sin necesidad de ser contada desde la moralidad.

3. Tu obra ha sido seleccionada y premiada en numerosos certámenes de artes plásticas a nivel nacional, y tu trayectoria incluye exposiciones en ciudades como Los Ángeles, París, Berlín o Roma. ¿Qué papel han tenido estos reconocimientos y ese recorrido internacional en tu evolución artística y en la construcción de tu lenguaje?
Han sido, ante todo, aprendizaje más que validación.
Los premios funcionan como puntos de apoyo dentro de un proceso que es largo y, en muchas ocasiones, solitario. Te recuerdan que lo que haces encuentra eco; pueden sugerir direcciones, pero el paso siempre debe ser propio.
Cuando expones fuera, además, desaparece el contexto que te protege y solo queda el lenguaje. Esa experiencia me ha llevado a depurar el trabajo, a comprender que lo verdaderamente importante no es el lugar donde se expone, sino la capacidad de la obra para sostenerse por sí misma, sin necesidad de traducciones ni explicaciones. Al final, lo esencial es que consiga inspirar, que dialogue con quien la mira y despierte una resonancia interna.
4. En el ámbito literario acumulas más de un centenar de menciones y premios en microrrelato y relato breve, así como la novela “Llueve”. ¿Qué te ha enseñado esa disciplina de lo breve que luego trasladas a la pintura?
La precisión, la fugacidad, saber atrapar la atención del lector o el espectador.
El microrrelato te obliga a apuntar con palabras directas al corazón. Trasladado a la pintura, ese mismo impulso se convierte en imagen: conceptos aparentemente detenidos en el lienzo que invitan a mover reflexiones.
En el fondo, escribo con imágenes de la misma manera que pinto con palabras.
5. A lo largo de los años has pasado de participar en certámenes a consolidar exposiciones con discurso propio. ¿Cuándo se produce ese cambio de posición dentro del mundo del arte?
El cambio se produce cuando dejas de pensar en obras aisladas y empiezas a construir un relato. Al principio, cada pieza responde a una búsqueda más intuitiva, más fragmentada. Pero llega un momento en el que necesitas que todo dialogue, que exista una coherencia interna, una arquitectura que sostenga el conjunto. Ahí es donde aparece el discurso y el verdadero sello del artista.
En mi caso, ese punto de inflexión se hizo muy visible en exposiciones como la del Colegio de la Abogacía de Córdoba, donde lienzos y microrrelatos premiados se interrelacionaban.
Ahora, en Los pasos del pecado, colección íntegramente nueva, el lienzo no se entiende por separado, sino como parte de un conjunto conceptual. La serie funciona como un sistema de escenas, casi como una sintaxis visual, en el que cada paso construye parte del camino.
6. Has construido una trayectoria sólida sin renunciar a un lenguaje muy personal. ¿En algún momento has sentido la tentación de adaptarte a lo que “funciona” en el circuito artístico?
Para nada. Siempre he tenido muy claro qué quería expresar y desde qué lugar hacerlo, sin dejarme arrastrar por lo que en cada momento pudiera “funcionar”. Creo que el mayor riesgo es perder la voz propia buscando encajar.
Mi obra nace precisamente de esa fidelidad a una mirada personal, de una búsqueda que no responde a tendencias, sino a una necesidad interna. Y, en ese sentido, creo que el punto fuerte es la originalidad.
7. Hay una mezcla muy interesante entre estética pop, realismo mágico y una base conceptual muy precisa. ¿Cómo conviven esos lenguajes?
Conviven porque no compiten. El pop introduce el brillo, la atracción inmediata. El realismo mágico explora la naturalidad de lo imposible. Y el concepto engloba y activa inquietudes.
Me interesa que lo fantástico habite con lo terrenal, con lo cotidiano. Que unas piernas puedan ser agujas de un reloj que desandan el tiempo; que escriban, como si cada paso fuera una palabra que se clava con la precisión de un tacón de aguja; o que se transformen en balas, encarnando el impacto del deseo.
Son imágenes de gran fuerza cromática y visual que no se agotan en una primera mirada, sino que permanecen, instalándose en la memoria y prolongándose en el pensamiento de quien las interioriza.
8. Te hemos visto recientemente en el programa «Hablemos de arte», de 50TV, y también conversando sobre tu obra en espacios públicos como Fuente Álamo TV. ¿Te resulta natural exponerte ante el público o hay una parte de ti que prefieres reservar? ¿Qué te aportan esos encuentros?
Creo que hay una diferencia entre exponerse y explicarse.
No me cuesta mostrar mi trabajo, porque ya implica una entrega muy profunda. Pero no siento la necesidad de traducirlo completamente en palabras. Hay partes que deben quedarse en la obra. No es tanto timidez como una forma de preservar el misterio: el arte pierde fuerza cuando se resuelve del todo. Prefiero dejar un espacio para que quien mira complete lo que falta.
Al mismo tiempo, estos encuentros te obligan a salir de tu propio discurso. En el estudio todo es más interno, más controlado; fuera, la obra se abre y deja de pertenecerte para compartirla. Aparecen lecturas que no habías previsto, preguntas adicionales. Y eso es necesario, porque el arte no es un monólogo.
9. ¿Cómo es un día de estudio o de escritura para ti: rutinas, materiales, lecturas, música, pausas?
No tengo un horario fijo. Mi forma de trabajar depende mucho del momento, del trabajo, de las circunstancias… y, sobre todo, de la propia necesidad de crear. Hay días más estructurados y otros completamente abiertos, donde la inspiración marca el ritmo.
Si hay algo constante, es la música. Para mí es esencial. No solo como fondo, sino como guía. Las letras tienen un peso muy importante; muchas veces son las que me envuelven en la magia del momento creativo.
Las ideas se van gestando en mi cabeza hasta que llega un momento en el que necesitan salir. Y cuando eso ocurre, no puedo detenerme hasta plasmarlas.
10. Para quienes quieran acercarse a tu obra, ¿hasta cuándo se puede visitar Los pasos del pecado y dónde se encuentra la exposición?
La exposición puede visitarse desde el 21 de abril hasta el 6 de junio de 2026 en la Sala de Exposiciones del Centro UCOCultura, ubicada en Plaza de la Corredera, 40, Córdoba.
