Apoyó el pecho contra el granito y empujó. Cada paso cuesta arriba era un latido, un compás exacto que repetía desde hacía siglos hasta convertir el esfuerzo en un mantra silencioso.
En el peso de la piedra había una certeza limpia, una paz que los dioses, en su perfecta e inmóvil eternidad, jamás lograrían comprender; él había encontrado la libertad en el corazón de su condena. Pero cuando la roca alcanzó la cima y comenzó su inevitable descenso, Sísifo sintonizó su respiración con la mirada vigilante que bajaba del Olimpo.
Se dejó caer de rodillas, apretó los dientes y soltó un gemido desgarrador que hizo eco en el abismo. Limpiándose el sudor, fingió la derrota con maestría, aterrado ante la sola idea de que los dioses descubrieran su felicidad secreta y decidieran condenarlo al vacío de no hacer nada.
