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Montaje de una exposición con retratos de mujeres en un espacio cultural.
Montaje de una exposición con retratos de mujeres en un espacio cultural.
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Las mujeres consumen cultura. ¿También deciden qué cultura se produce?

  • Las mujeres participan más en la cultura, pero la pregunta sigue siendo quién decide qué obras, voces y relatos permanecen.

·         Las mujeres participan activamente en la vida cultural, pero su presencia no siempre se traduce en capacidad para decidir qué se publica, qué se programa, qué recibe apoyo y qué acaba formando parte de la memoria colectiva. Este artículo parte de una pregunta incómoda: estar en la cultura no significa necesariamente tener poder dentro de ella.

 Hay algo que llevo tiempo observando desde distintos lugares: como periodista, como escritora, como mujer que impulsa proyectos culturales y también como alguien que, en los últimos años, ha creado espacios para que otras mujeres puedan mostrar lo que hacen.

Las mujeres estamos en la cultura. Estamos en las librerías, en los teatros, en los museos, en las presentaciones de libros, en los clubes de lectura, en las asociaciones culturales, en los talleres, en las exposiciones. Leemos, escribimos, pintamos, bailamos, fotografiamos, investigamos, producimos, organizamos.

Estamos.

Pero cada vez me interesa menos preguntarme cuántas estamos y más preguntarme dónde estamos cuando llega el momento de decidir.

Porque participar de la cultura y tener poder dentro de la cultura no son exactamente la misma cosa.

Los datos oficiales ayudan a situar esta reflexión. La última Encuesta de Hábitos y Prácticas Culturales en España muestra que las mujeres leen más libros que los hombres y presentan también mayor participación en varias prácticas culturales, entre ellas la asistencia al teatro y a museos, exposiciones y galerías. Es decir: no estamos hablando de una presencia secundaria ni anecdótica. Las mujeres forman parte esencial de la vida cultural de este país.

Y entonces aparece la pregunta incómoda, pero necesaria:

¿Participamos con la misma intensidad en los lugares donde se decide qué cultura merece ser vista?

Quién publica. Quién programa. Quién selecciona. Quién recibe financiación. Quién dirige.

Quién integra los jurados. Quién ocupa los grandes escenarios. Quién entra en las colecciones. Quién aparece en las antologías. Quién consigue que su obra permanezca cuando termina la temporada y se apagan los focos.

Ahí la conversación cambia.

Lo he comprobado desde la experiencia pequeña, cercana y muy concreta de crear espacios culturales. Cuando organizas una exposición, una convocatoria artística, una presentación literaria o cualquier iniciativa que implique seleccionar voces, comprendes enseguida algo que desde fuera puede pasar desapercibido: programar también es ejercer poder.

Elegir a quién invitas significa también decidir a quién escucha el público. Seleccionar una obra significa darle un espacio que otra obra no tendrá. Construir una programación significa, de algún modo, construir un relato.

Quizá por eso soy cada vez más consciente de la responsabilidad que existe detrás de cualquier espacio de visibilidad cultural. En algunos proyectos que he impulsado he tenido la oportunidad de conocer a mujeres creadoras cuya obra merecía ser vista y que, sin embargo, habían encontrado muy pocos lugares donde hacerlo. Algunas necesitaban una primera oportunidad. Otras llevaban años creando y simplemente necesitaban que alguien mirara hacia donde casi nadie estaba mirando.

No digo esto para convertir este artículo en un escaparate personal. Lo digo porque estar al otro lado —no solo como autora que espera una oportunidad, sino también como persona que en determinados momentos puede facilitarla— obliga a mirar la cultura de otra manera.

Obliga a hacerse preguntas que son incómodas, pero necesarias.

¿A quién estamos dejando fuera? ¿Estamos buscando talento o estamos recurriendo siempre a los mismos nombres porque ya cuentan con legitimidad previa?

¿Confundimos reconocimiento con calidad? ¿Y cuántas creadoras valiosas permanecen fuera de determinados circuitos sencillamente porque nunca consiguieron acceder a ellos?

Durante mucho tiempo, cuando hablábamos de igualdad en la cultura, una parte importante de la conversación consistía en reclamar presencia. Era necesario. Y sigue siéndolo.

 

Pero creo que hemos llegado a un punto en el que debemos exigirnos algo más.

No basta con poner mujeres encima de un escenario si los espacios donde se toman las decisiones continúan funcionando de la misma manera.

 

No basta con organizar una exposición de mujeres una vez al año y considerar que la igualdad cultural está resuelta. No basta con llenar las fotografías institucionales de creadoras si después sus proyectos encuentran más dificultades para obtener continuidad, financiación o reconocimiento. Y tampoco basta con contar cuántas mujeres participan. Hay que observar qué capacidad tienen para decidir.

Aquí me parece importante hacer una precisión, porque no quiero que se malinterprete algo que para mí es esencial. Existen espacios creados específicamente para dar visibilidad a las mujeres, y yo misma he impulsado algunos. Sé el valor que tienen. Sé lo que significa para una creadora encontrar por fin un escenario, una red, un lugar donde su trabajo no sea tratado como algo menor o periférico. Mientras persistan desigualdades de acceso, reconocimiento y visibilidad, esos espacios seguirán siendo necesarios.

El problema aparece cuando ese tipo de iniciativas se convierten, sin quererlo, en un compartimento estanco.

Cuando parece que las mujeres pueden estar ahí, pero no necesariamente en el centro del relato general.

Cuando celebramos una exposición de mujeres, una antología de autoras o una programación específica y sentimos que con eso ya hemos cumplido.

No se trata de renunciar a los espacios propios. Se trata de que no sean el límite.

Una creadora debe poder encontrar apoyo en una iniciativa pensada para mujeres y, al mismo tiempo, formar parte con absoluta normalidad de las programaciones generales, de los grandes festivales, de las colecciones, de los jurados, de los medios y de todos esos lugares donde se construye el prestigio cultural.

Porque visibilizar a las mujeres no significa crear una cultura paralela.

Significa ampliar la cultura común.

El propio Ministerio de Cultura mantiene un Plan de Igualdad en la Cultura y ha desarrollado indicadores específicos para medir la presencia de las mujeres en distintos ámbitos culturales. No es un detalle menor que necesitemos medirlo. Cuando una desigualdad requiere indicadores, diagnósticos y políticas específicas es porque la presencia, por sí sola, no garantiza la igualdad.

Y esa es, para mí, la cuestión de fondo.

Las mujeres ya estamos en la cultura.

Creamos. Escribimos. Pintamos. Pensamos. Producimos. Sostenemos espacios. Leemos.
Acompañamos procesos. Movemos públicos. Pero la pregunta decisiva sigue siendo si esa presencia se traduce también en capacidad real para influir en el relato cultural de nuestro tiempo.

Para decidir qué historias se cuentan. Qué obras se preservan. A qué voces se les da un escenario. Qué nombres se enseñan en las aulas. Qué referentes entregamos a quienes vienen detrás. Porque consumir cultura es participar de ella.

Crear cultura es intervenir en ella. Pero decidir qué cultura merece permanecer también es poder.

Y ese poder todavía merece ser observado.

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