¿Cuánto tiempo puede guardar silencio una ciudad? En la campiña cordobesa hay una que lleva siglos respondiendo a esa pregunta con terrones, olivos y piedra. Este otoño, por fin, vuelve a hablar.
El yacimiento de Ategua no suele dejarse mirar. Pasa la mayor parte del año tras su cancela, como un libro valioso que nadie se atreve a sacar de la vitrina. Por eso la noticia tiene algo de acontecimiento: la Asociación Cultural Amigos de Ategua ha programado tres visitas guiadas gratuitas entre noviembre y diciembre. El ciclo lleva un título que funciona casi como una declaración de intenciones: «Interpretando Ategua».
La iniciativa nace del convenio que la asociación mantiene con la Delegación de Cultura de la Diputación de Córdoba y cuenta con la colaboración de la Junta de Andalucía, titular del enclave. No es un gesto aislado. Encaja en una manera de entender el patrimonio provincial que ya se ha visto en los programas de la Diputación de Córdoba para recuperar su patrimonio, donde conservar y divulgar caminan de la mano.
Un cerro que fue frontera, asedio y memoria
Ategua se asienta en el Cerro de los Castillejos de Teba, muy cerca de la barriada cordobesa de Santa Cruz, donde la asociación tiene su sede. Está declarado Bien de Interés Cultural. Pero las etiquetas administrativas se quedan cortas ante lo que encierra.
Aquí la historia no se lee en horizontal, sino en vertical, capa sobre capa. Íberos, romanos, musulmanes y cristianos fueron dejando su firma en el mismo suelo. Aquí resonó también el nombre de Julio César, que en el año 45 antes de Cristo asedió la ciudad durante la guerra civil contra los hijos de Pompeyo, pocas semanas antes de la batalla de Munda. El anónimo Bellum Hispaniense dejó constancia de aquel cerco. Quien quiera tirar de ese hilo encontrará un buen punto de partida en la huella de César en la Córdoba romana, una ciudad que ya en tiempos de la República se jugaba el destino de Roma.
Cuesta imaginarlo hoy, con el silencio del campo alrededor. Precisamente por eso conviene ir.
Tres miradas a una misma ciudad
El ciclo se articula en tres sábados, siempre a las diez de la mañana y con un mismo guía: el arqueólogo Juan de Dios Borrego. Cada jornada se detiene en una zona concreta del cerro, como quien elige un capítulo distinto de la misma novela.
14 de noviembre: la vida cotidiana en la Ategua romana
La primera cita, «Vida social en la Ategua romana», propone un paseo por los edificios que sostenían el día a día de sus habitantes: la domus, las termas, la panadería y el anfiteatro. Casa, baño, pan. Lo que convertía un puñado de muros en una ciudad.
28 de noviembre: la Ategua medieval
Dos semanas después, el foco salta varios siglos con «Ategua medieval». Es la cara menos conocida del enclave y, quizá por eso, una de las más sugerentes. Demuestra que la vida no se apagó con Roma, sino que siguió buscando refugio en lo alto del cerro.
12 de diciembre: el anfiteatro y el templo
La última visita reúne la gran novedad científica. Bajo el título «Anfiteatro y templo romanos», mostrará los resultados de las campañas de excavación desarrolladas entre 2020 y 2025.
Lo que las excavaciones han devuelto a la luz
Esos cinco años de trabajo han documentado dos hallazgos de peso. El primero es un anfiteatro romano, el gran escenario del espectáculo y de la exhibición del poder en cualquier ciudad que aspirase a sentirse parte del mundo latino. El segundo resulta más inesperado: una fase de ocupación anterior en la que se ha identificado un edificio religioso, interpretado como santuario.
«Ategua no se descubre de golpe: se revela despacio, como una fotografía antigua en la cubeta del laboratorio.»
La palabra santuario merece una pausa. Habla de creencias, de ritos, de una comunidad que miraba al cielo mucho antes de que llegaran las gradas y la arena. Cada campaña añade una línea a un texto que nadie ha terminado de escribir.
Antes de ir: lo que conviene saber
Las plazas son limitadas y la inscripción se hace a través de la web de la propia asociación, hasta completar aforo. Conviene tener presentes las advertencias que la organización subraya con honestidad: el enclave no tiene aseos y su acceso no está adaptado para personas con movilidad reducida ni para carritos infantiles. Calzado cómodo, agua y paciencia. Ategua no es un museo climatizado; es campo abierto con veinte siglos debajo.
La piedra y la sombra
Rodrigo Caro lloró en el siglo XVII sobre los «campos de soledad» de Itálica y convirtió las ruinas en elegía. Ategua invita a otra lectura, menos melancólica. Aquí la ruina no es un final, sino una pregunta abierta. Sobre el negro de la tierra, la piedra va dibujando en blanco una ciudad que creíamos perdida.
Hay algo profundamente justo en que sean unos vecinos organizados, y no solo las instituciones, quienes abran la cancela. El patrimonio, en el fondo, solo existe del todo cuando alguien se acerca a mirarlo. Tres sábados. Tres puertas. Lo demás lo pone el cerro, que lleva dos mil años esperando visita.
