¿Puede una prenda destinada a permanecer oculta contar la historia de una sociedad? Basta mirar un corsé antiguo para descubrir que sí. Bajo los vestidos, entre ballenas, sedas, encajes y cintas, la ropa interior femenina ha dibujado durante siglos una determinada idea del cuerpo, de la belleza y hasta de la libertad.
No es casual que museos como el Victoria and Albert Museum hayan dedicado exposiciones completas a estas prendas. Su colección de ropa interior muestra cómo estos objetos han servido para proteger, modelar, exagerar y revelar el cuerpo. Aquella evolución continúa hoy en la estética de la lencería mujer, donde diseño, materiales y formas siguen construyendo una determinada relación visual con el cuerpo.
Cuando el cuerpo empezó a convertirse en una obra
Mucho antes de que habláramos de lencería como industria, las prendas interiores ya funcionaban como una arquitectura íntima.
En el siglo XVIII, el corsé contribuía a construir la postura erguida que exigían los códigos sociales. Algunos modelos conservados por el Metropolitan Museum of Art muestran estructuras de lino, algodón y hueso de ballena concebidas para modificar la silueta y elevar el pecho.
Aquello no era únicamente una cuestión de comodidad. El cuerpo femenino debía responder a un ideal visual. La ropa interior era, en cierto modo, el andamiaje invisible de una escultura que después quedaba cubierta por seda, terciopelo o brocado.
En este punto aparece una de las grandes paradojas de la historia de la moda: cuanto más invisible era la prenda, mayor podía ser su influencia sobre la imagen pública.
El corsé, entre belleza, disciplina y rebeldía
Durante el siglo XIX, el corsé alcanzó una extraordinaria sofisticación. La cintura se estrechaba, el busto se elevaba y las caderas adquirían nuevas proporciones. Corsés, crinolinas y polisones construían literalmente la silueta que imponía cada época.
Pero aquella belleza tenía un precio.
Las estructuras interiores podían incorporar ballenas, metal y sistemas de cordones destinados a comprimir y sostener el cuerpo. Al mismo tiempo, comenzaron a surgir voces que cuestionaban las consecuencias de esa moda y defendían prendas más cómodas y saludables.
La historia de la ropa interior es, por eso, también una historia de negociación entre el cuerpo y las normas sociales.
Y quizá ahí resida una de sus dimensiones más artísticas: cada época ha inventado una mujer distinta a través de las formas que dibujaba bajo su vestido.
Del encaje íntimo a la estética del espectáculo
El siglo XX transformó radicalmente ese paisaje. Las nuevas fibras, el desarrollo de la fabricación industrial y los cambios sociales hicieron que la ropa interior mujer fuese progresivamente más ligera y flexible. El corsé perdió parte de su rigidez y aparecieron nuevas estructuras destinadas a acompañar, más que a aprisionar, el cuerpo. El V&A documenta esa evolución desde los corsés de acero y ballena hasta los sujetadores bandeau de los años veinte, los célebres modelos cónicos de los cincuenta y la llegada de la Lycra en los sesenta.
La paradoja volvió a aparecer: la prenda destinada a ocultarse comenzó a reclamar protagonismo.
Diseñadores como Jean Paul Gaultier llevaron el corsé al centro de la escena. Su célebre trabajo con el sujetador cónico y Madonna convirtió una pieza tradicionalmente íntima en un elemento de identidad visual y espectáculo. El Metropolitan Museum conserva ejemplos de esta transformación de la ropa interior en lenguaje de alta costura.
También Vivienne Westwood jugó con esta inversión de códigos. En su colección Vive La Cocotte, los elementos interiores se convirtieron en parte visible de una silueta inspirada en la historia de la moda.
Cuando la lencería dejó de pedir permiso
Hoy resulta difícil separar completamente moda, fotografía, performance y ropa interior.
El encaje puede aparecer sobre una alfombra roja; un corsé puede funcionar como vestido; una estructura concebida para modelar el cuerpo puede convertirse en objeto escultórico. Aquello que durante siglos permaneció escondido ahora puede formar parte del discurso artístico.
La evolución resulta reveladora. Primero se utilizó la ropa interior para construir un cuerpo considerado socialmente deseable. Después, algunos creadores comenzaron a mostrar esa construcción. Finalmente, otros la transformaron en provocación, memoria o reivindicación estética.
La prenda dejó de ser únicamente soporte de una silueta para convertirse en mensaje.
Y quizá sea ahí donde arte y ropa interior encuentran su punto de encuentro más profundo: ambas disciplinas hablan del cuerpo, pero también de la mirada que proyectamos sobre él.
Una historia escrita bajo la ropa
Mirar hoy un corsé antiguo es mirar mucho más que una pieza de tejido.
Es contemplar una época, sus deseos, sus restricciones, sus avances técnicos y sus contradicciones. Cada ballena, cada costura, cada lazo contiene una pequeña declaración sobre lo que una sociedad esperaba de las mujeres.
La ropa interior femenina ha pasado de ser estructura invisible a convertirse en objeto museístico, inspiración artística y lenguaje de moda. Ha acompañado transformaciones sociales y, en ocasiones, también las ha anticipado.
Porque quizá el verdadero secreto nunca estuvo debajo del vestido.
Estuvo en comprender que aquello que parecía destinado a no ser visto podía terminar contando, con enorme elocuencia, quiénes fuimos.
