«El arte me ha salvado» es una frase que se repite entre muchas mujeres creadoras. Tras el Día Mundial de la Salud Mental, este artículo reflexiona sobre la creación como refugio, espacio propio y forma de sostenernos cuando la vida nos coloca frente a situaciones que no siempre sabemos cómo atravesar.
Queridos lectores:
Hace apenas unos días, con motivo del Día Mundial de la Salud Mental, volvió a mi memoria una frase que he escuchado muchas veces trabajando junto a mujeres creadoras y que yo misma entiendo profundamente: «El arte me ha salvado».
La he oído en boca de escritoras, pintoras, fotógrafas, artesanas, poetas. Mujeres muy diferentes, con historias que no se parecen entre sí, pero que terminan llegando a esa misma idea.
A veces la frase cambia un poco.
«Escribir me salvó».
«Pintar me sostuvo».
«La música fue mi refugio».
«Crear me ayudó a seguir».
Pero el sentido permanece. Porque hay momentos en la vida en los que crear deja de ser únicamente una actividad artística. Se convierte en un lugar. Un espacio propio al que regresar cuando fuera todo parece haberse desordenado.
Este año, la Organización Mundial de la Salud ha puesto el acento precisamente en las experiencias vividas y en la necesidad de escuchar a quienes han atravesado situaciones relacionadas con su salud mental. No solamente escuchar sus historias, sino reconocer también el conocimiento que nace de haberlas vivido.
Y quizá por eso estos días he vuelto muchas veces a esa frase.
El arte me ha salvado.
No quiero convertirla en una afirmación ingenua. El arte no sustituye una terapia. Una novela no reemplaza un tratamiento médico. Pintar un cuadro no hace desaparecer una enfermedad. Escribir un poema no resuelve por sí solo una depresión, un duelo o una crisis.
Pero tampoco deberíamos minimizar lo que la creación puede significar cuando atravesamos momentos especialmente difíciles.
La relación entre arte, salud y bienestar no pertenece solo al terreno de la intuición. Una amplia revisión de la Organización Mundial de la Salud, basada en más de 3.000 estudios, encontró evidencia sobre el papel de las artes en la promoción del bienestar, la prevención de problemas de salud y el acompañamiento de distintos procesos de enfermedad.
Pero muchas mujeres lo sabían antes de leer cualquier informe.
Lo sabían cuando escribían en una libreta después de que todo el mundo se hubiera dormido. Cuando pintaban durante una etapa complicada. Cuando regresaban a la música después de años dedicadas casi exclusivamente al trabajo, a la familia o al cuidado de otras personas. Cuando se apuntaban a un taller. Cuando recuperaban una cámara. Cuando descubrían que todavía existía dentro de ellas un lugar que no pertenecía al miedo, a la enfermedad, a las obligaciones ni a las expectativas de nadie.
A finales de septiembre viví una escena que me ha acompañado desde entonces.
Desde la Asociación Cultural Mujer y Poder entregábamos nuestros primeros premios vinculados a la cultura. Una de las mujeres galardonadas, emocionada, nos contó que había recibido la noticia de que había obtenido el primer premio el mismo día de su última sesión de quimioterapia.
Lo contó entre lágrimas.
Y no hacían falta demasiadas palabras.
En una misma jornada habían coincidido dos acontecimientos que probablemente nunca olvidará: el final de un proceso durísimo y el reconocimiento a aquello que había seguido creando mientras lo atravesaba.
No conozco todos los momentos íntimos de su enfermedad y no me corresponde interpretarlos.
Pero sí sé lo que vi aquel día.
Vi a una mujer emocionada por un reconocimiento artístico después de haber atravesado una experiencia que había puesto su vida en otro lugar.
Y pensé, una vez más, en esa frase que tantas creadoras repetimos —yo también—:
El arte me ha salvado.
Tal vez la palabra «salvar» no significa siempre lo mismo.
No siempre habla de salvar una vida.
A veces significa salvar una parte de nosotras mismas.
La parte que habíamos dejado de escuchar.
La que necesitaba un espacio.
La que buscaba palabras para algo que todavía no sabía explicar.
La que necesitaba recordar que, además de pacientes, madres, cuidadoras, trabajadoras, parejas, hijas o profesionales, seguimos siendo personas con una identidad propia.
Y el arte tiene una capacidad extraordinaria para devolvernos a ese lugar.
Crear permite transformar una experiencia sin necesidad de explicarla completamente.
Podemos escribir sobre una pérdida sin contar nuestra propia pérdida.
Pintar el miedo sin escribir la palabra miedo.
Fotografiar una ausencia.
Bailar una emoción.
Convertir algo que duele en una forma, un color, una historia o una canción.
El arte no exige siempre una explicación.
Y quizá ahí reside una parte de su poder.
Vivimos en un tiempo en el que parece que todo tiene que ser contado, expuesto, explicado. Incluso el dolor.
La creación ofrece otra posibilidad: transformarlo.
Para muchas mujeres existe además una dimensión que me parece fundamental.
Crear significa recuperar tiempo propio.
Y eso no es menor.
Durante generaciones, el tiempo de las mujeres ha estado vinculado al cuidado y a las necesidades de los demás. Todavía hoy conozco creadoras que escriben cuando termina la jornada laboral, pintan de madrugada o desarrollan sus proyectos en los márgenes del día.
Por eso sentarse a crear puede convertirse también en una declaración silenciosa:
este tiempo es mío. Esta historia también. Esta voz también.
Desde mi trabajo con mujeres en la cultura he visto lo que ocurre cuando una mujer encuentra un espacio donde mostrar lo que hace.
He visto creadoras que dudaban de si podían llamarse artistas.
Mujeres que llevaban años escribiendo y nunca habían enseñado sus textos.
Otras que habían creado prácticamente en silencio hasta que alguien se detuvo delante de su obra.
Y ahí sucede algo que va más allá de una exposición, un premio o una presentación.
Hay reconocimiento.
Hay pertenencia.
Hay identidad.
Por eso crear espacios culturales para las mujeres no consiste únicamente en organizar actividades o colocar obras en una sala.
También consiste en decir:
esto que haces merece ser visto.
Tu mirada importa.
Tu voz tiene un lugar.
Y quizá el arte no pueda salvarnos de todo.
No puede evitar una enfermedad.
No borra un duelo.
No elimina la violencia.
No resuelve la precariedad.
No sustituye los recursos profesionales cuando necesitamos atención psicológica o psiquiátrica.
Pero puede acompañarnos mientras atravesamos todo eso.
Puede ayudarnos a ordenar aquello que todavía no sabemos nombrar.
Puede conectarnos con otras personas.
Puede devolvernos una parte de nuestra identidad cuando las circunstancias amenazan con reducirnos únicamente a lo que nos está ocurriendo.
Por eso, cuando escucho a una mujer decir «el arte me ha salvado», ya no me pregunto si la expresión es exagerada.
Prefiero preguntarme qué significa para ella.
Tal vez habla de una enfermedad.
De una pérdida.
De una migración.
De una ruptura.
De la soledad.
O simplemente de una etapa en la que dejó de reconocerse.
Y quizá «salvarse» consista, algunas veces, en eso.
En volver a encontrarse.
Hay obras que terminan en una exposición.
Otras reciben premios.
Algunas se publican.
Muchas nunca salen de una habitación.
Pero si durante su creación ayudaron a alguien a atravesar una etapa difícil de su vida, ocurrieron cosas que ninguna ficha artística puede registrar.
Porque detrás de una obra no siempre hay solamente una obra.
A veces hay una mujer intentando reconstruirse.
Y, mientras crea, encontrándose de nuevo.
Nos encontramos en la próxima entrega.
Un abrazo,
María Piña
Periodista y escritora
Instagram: @mariapinaescritora
