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La tragedia del desencanto Carmen Torronteras
La tragedia del desencanto Carmen Torronteras
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La Tragedia del desencanto IV (Extracto) por Carmen Torronteras

(EXTRACTO 4)

LA TRAGEDIA DEL DESENCANTO

 

 

Planeé a conciencia sobre 

la ventana del piso tercero. Un

niño daba palmadas al agua

desde el interior de una bañera

plegable. Para mi sorpresa, y tras

breves segundos de observación,

el niño se percató de mi cuerpo,

levitando tras los cristales de la

ventana, y se empeñó en llamar

la atención de este resto de mujer

en plena despedida que era yo.

Fue el único ser humano que

había adivinado mi presencia

mientras el resto había estado tan

exhorto en sus propias miserias

que ignoraron las mías. Ni siquiera

su madre, que lo embadurnaba

de perfumados geles de baño,

descubrió mi desencantada

aparición. Ese espíritu que

habitaba un pequeño cuerpo fue

el único en prestar atención a

 

mi desencantada humanidad. El

único que mostró compresión

por mi desgracia. Ningún otro se

ofreció solícito en mi lamentable

estado de desencanto. Me miró

buscando mis ojos, con calidez,

sin miedo y sin asombro, con una

sonrisa tierna y envolvente, y tuve

la sensación de que desde hacía

tiempo ya esperaba mi visita. Sólo,

sus ojos, abiertos con la grandeza y

la clarividencia de una luna llena,

traspasaron la ventana buscando

los míos. Su actitud expectante

y comprensiva me impresionó

tanto que tuvo la capacidad de

estremecerme, y entonces el

tiempo se me detuvo, mientras la

infelicidad y la negrura que habían

ahogado mi ánimo desaparecían

por completo. No recordaba desde

cuándo, algo o alguien, conseguía

darme igual alegría. En su amplia

sonrisa desdentada, en sus babas,

cayéndole por los labios, tan finos

como un trazo, recorriendo en un

reguerillo escaso, pero incansable,

la barbilla, en los sonidos que

articulaba en su infantil lenguaje, y

también en sus brazos, extendidos

hacia mí, llamándome a la fe y

a la vida, con un entendimiento

superior al que ningún otro ser

humano me había demostrado tras

las pruebas de mi destino…, con

todas esas cosas recuperé el alma

de mi hijo… y la paz que había

olvidado. Recuperé el amor de mi

hijo, que ese niño me entregaba

a través de su propio amor. Todo

aquello elevó mi espíritu, y aunque

no pudiera superar el dolor de

la ausencia, originó un remolino

de fuerza a mi alrededor que me

mantuvo ingrávida y pegada a

la ventana, llena de esperanza,

como nunca antes, y me

aproximé aún más a la ventana,

más pegada aun cuando el niño

extendió nuevamente los brazos,

llamándome a su presencia, como

llamando a su madre. La ausencia

creció hasta llegar a resultar

insoportable, pero también era

grande la esperanza de volver

a recuperar, de algún modo, a

mi hijo, y con esto sobrevino la

certeza de que me esperaba, de

alguna manera inexplicable y

en algún recóndito lugar que yo

misma habría de descubrir.

 

Aquella razón me dio fuerzas

para empezar de nuevo, para

sobrellevar mi insuficiencia de

ánimos y para superar mi anemia

de fuerza vital. La suficiente para

querer recuperar una vida de la

que en los últimos años no pude

disfrutar. Y decidí ascender, y 

deseé ascender, y deshacer el

camino que había iniciado en mi

vuelo, y deseé volver al décimo

piso y ordenar toda mi existencia,

o bien, si no me permitían la

ascensión, al menos, poder estirar

las piernas, plantar los pies en el

suelo y echar tranquilamente a

andar. Eso anhelaba con todo mi

corazón, pero para mí desgracia,

la fragilidad, que no me había

abandonado en todo el viaje, me

tocó la mejilla y antes de que

pudiera expresar un agudo dolor

que ya no salía del cuerpo, sino

del alma, y con el que intenté

gritar por el espanto de perder, una

vez más, otra oportunidad para

ser feliz, la fragilidad me devolvió

a la fatalidad de mi estrenada

condición, y me empujó al interior

de un punto de turbulencias,

y aunque intenté elevarme y

sublevarme contra ella, parecía

haber llegado el final de mi viaje

hasta el vacío. ¡Maldije haber

elegido la condición de pájaro! Y

aún hoy, la sigo maldiciendo.

 

 

(Extracto del relato La Tragedía del desencanto)

667333540

C.T.C

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