(EXTRACTO 4)
LA TRAGEDIA DEL DESENCANTO
Planeé a conciencia sobre
la ventana del piso tercero. Un
niño daba palmadas al agua
desde el interior de una bañera
plegable. Para mi sorpresa, y tras
breves segundos de observación,
el niño se percató de mi cuerpo,
levitando tras los cristales de la
ventana, y se empeñó en llamar
la atención de este resto de mujer
en plena despedida que era yo.
Fue el único ser humano que
había adivinado mi presencia
mientras el resto había estado tan
exhorto en sus propias miserias
que ignoraron las mías. Ni siquiera
su madre, que lo embadurnaba
de perfumados geles de baño,
descubrió mi desencantada
aparición. Ese espíritu que
habitaba un pequeño cuerpo fue
el único en prestar atención a
mi desencantada humanidad. El
único que mostró compresión
por mi desgracia. Ningún otro se
ofreció solícito en mi lamentable
estado de desencanto. Me miró
buscando mis ojos, con calidez,
sin miedo y sin asombro, con una
sonrisa tierna y envolvente, y tuve
la sensación de que desde hacía
tiempo ya esperaba mi visita. Sólo,
sus ojos, abiertos con la grandeza y
la clarividencia de una luna llena,
traspasaron la ventana buscando
los míos. Su actitud expectante
y comprensiva me impresionó
tanto que tuvo la capacidad de
estremecerme, y entonces el
tiempo se me detuvo, mientras la
infelicidad y la negrura que habían
ahogado mi ánimo desaparecían
por completo. No recordaba desde
cuándo, algo o alguien, conseguía
darme igual alegría. En su amplia
sonrisa desdentada, en sus babas,
cayéndole por los labios, tan finos
como un trazo, recorriendo en un
reguerillo escaso, pero incansable,
la barbilla, en los sonidos que
articulaba en su infantil lenguaje, y
también en sus brazos, extendidos
hacia mí, llamándome a la fe y
a la vida, con un entendimiento
superior al que ningún otro ser
humano me había demostrado tras
las pruebas de mi destino…, con
todas esas cosas recuperé el alma
de mi hijo… y la paz que había
olvidado. Recuperé el amor de mi
hijo, que ese niño me entregaba
a través de su propio amor. Todo
aquello elevó mi espíritu, y aunque
no pudiera superar el dolor de
la ausencia, originó un remolino
de fuerza a mi alrededor que me
mantuvo ingrávida y pegada a
la ventana, llena de esperanza,
como nunca antes, y me
aproximé aún más a la ventana,
más pegada aun cuando el niño
extendió nuevamente los brazos,
llamándome a su presencia, como
llamando a su madre. La ausencia
creció hasta llegar a resultar
insoportable, pero también era
grande la esperanza de volver
a recuperar, de algún modo, a
mi hijo, y con esto sobrevino la
certeza de que me esperaba, de
alguna manera inexplicable y
en algún recóndito lugar que yo
misma habría de descubrir.
Aquella razón me dio fuerzas
para empezar de nuevo, para
sobrellevar mi insuficiencia de
ánimos y para superar mi anemia
de fuerza vital. La suficiente para
querer recuperar una vida de la
que en los últimos años no pude
disfrutar. Y decidí ascender, y
deseé ascender, y deshacer el
camino que había iniciado en mi
vuelo, y deseé volver al décimo
piso y ordenar toda mi existencia,
o bien, si no me permitían la
ascensión, al menos, poder estirar
las piernas, plantar los pies en el
suelo y echar tranquilamente a
andar. Eso anhelaba con todo mi
corazón, pero para mí desgracia,
la fragilidad, que no me había
abandonado en todo el viaje, me
tocó la mejilla y antes de que
pudiera expresar un agudo dolor
que ya no salía del cuerpo, sino
del alma, y con el que intenté
gritar por el espanto de perder, una
vez más, otra oportunidad para
ser feliz, la fragilidad me devolvió
a la fatalidad de mi estrenada
condición, y me empujó al interior
de un punto de turbulencias,
y aunque intenté elevarme y
sublevarme contra ella, parecía
haber llegado el final de mi viaje
hasta el vacío. ¡Maldije haber
elegido la condición de pájaro! Y
aún hoy, la sigo maldiciendo.
(Extracto del relato La Tragedía del desencanto)
667333540
C.T.C



