La memoria, el dolor y la resistencia se entrelazan en Vientos de ira, la nueva novela de Mayte. Inspirada en la historia de su propio padre, la autora recupera las voces de quienes vivieron la posguerra española, poniendo el foco en las heridas invisibles y en la fuerza de las mujeres anónimas.
—Para empezar, Mayte, ¿en qué momento profesional dirías que te encuentras actualmente?
—Estoy jubilada, realmente. He sido profesora y ahora estoy retirada. Lo que ocurre es que, justo después de jubilarme, surgió la posibilidad de publicar el libro, así que ahora estoy inmersa en todo este proceso.
—Vientos de ira, tu nueva novela, se sitúa en la posguerra española. ¿Qué te llevó a elegir este periodo histórico para tu segunda novela?
—En mi caso, las novelas suelen surgir de una historia pequeña. Aquí, quería escribir sobre la historia de mi padre. Él, con solo siete años, cruzó los Pirineos andando junto a su familia. Nos lo contaba muchas veces, pero desde la mirada de un niño que no entendía por qué se iba ni por qué tenía que volver.
Cuando éramos pequeños, lo escuchábamos como si fuera un cuento, casi como Robinson Crusoe. Pero cuando creces y tu padre te lo cuenta con más seriedad, te das cuenta de lo que realmente vivió. Ese fue el núcleo que me inspiró para escribir sobre este periodo.
—La novela muestra tanto a quienes se quedaron en España como a quienes se exiliaron. ¿Qué te interesaba explorar de estas dos realidades?
—Me interesaba mostrar dos caras de una misma situación. Lo que más me entristece es que las personas tengan que vivir esos horrores, y especialmente los niños.
Tras la guerra, llega otra más silenciosa: la de la destrucción. Todo está devastado. Entonces cada persona tiene que decidir: huir o quedarse. Algunos se exilian porque sienten que su vida corre peligro; otros se quedan porque no tienen dónde ir o porque consideran que no han hecho nada malo. Quería reflejar cómo cada persona, dentro de unas circunstancias en las que nadie tiene realmente libertad, toma decisiones sobre su destino.
—En la novela aparecen temas como la supervivencia, el amor y la resistencia. ¿Cuál crees que define mejor el corazón de la historia?
—Creo que los tres. La esperanza viene del amor, y la resistencia nace del instinto de supervivencia. Ese instinto te lleva a hacer cosas que nunca imaginaste.
Pero siempre hay un punto de esperanza, y ese punto lo da el amor, entendido en un sentido amplio: hacia los hijos, la familia, los amigos, la lealtad… Ese amor es el que abre la puerta a un futuro.
—El título, Vientos de ira, es muy evocador. ¿Qué simboliza?
—Los títulos suelen ser muy difíciles, pero en este caso surgió enseguida. Los “vientos” son una metáfora de lo que se respiraba en ese momento: destrucción, miedo, rencor, violencia… pero también esperanza y resistencia. Y “ira” porque todos la sentían: tanto vencedores como vencidos. Era un país dividido donde esos sentimientos estaban muy presentes.
—Sobre los personajes, Paula es una mujer que lucha por su hijo en un Madrid devastado. ¿Cómo construiste psicológicamente este personaje?
—Me basé en muchos testimonios de mujeres de la época. Muchas eran auténticas heroínas. Si el marido no volvía, ellas sacaban adelante a la familia; y si volvía, a veces lo hacía en condiciones muy duras.
Quise dar voz a esas mujeres anónimas, a nuestras abuelas y bisabuelas, que vivieron en silencio pero sostuvieron la vida en condiciones extremas.
—¿Buscabas reivindicar el papel femenino en la posguerra?
—Sí, pero no el de las mujeres famosas, sino el de las mujeres corrientes. Aquellas que estaban destinadas a cuidar del hogar y que, de repente, tuvieron que asumir responsabilidades enormes. La guerra rompe completamente sus vidas y las obliga a sacar una fortaleza que ni ellas mismas sabían que tenían.
—¿Qué personaje te resultó más difícil de escribir y con cuál conectas más?
—Manuel fue difícil porque es pura ficción, no tiene base real. Pero también da mucha libertad.
En cambio, personajes como Sonsoles o Pablo tienen un componente emocional más cercano. María, por ejemplo, me genera cariño porque representa cómo la ignorancia puede amortiguar el dolor: vive en una burbuja y poco a poco va descubriendo la realidad. Pero sin duda, la historia más dura de escribir fue la de Leandro.
—¿Qué trabajo de documentación realizaste y cuánto tiempo te llevó escribir la novela?
—No quería hacer un ensayo histórico, sino partir de recuerdos y encajarlos con documentación.
Investigué mucho sobre los campos de refugiados en Francia, porque, por ejemplo, mi padre recordaba estar con su familia, pero en muchos campos separaban a hombres, mujeres y niños. Tuve que indagar mucho hasta encontrar situaciones que encajaran. También hablé con personas mayores, sobre todo mujeres, que me contaron cómo vivían, qué comían y cómo sobrevivían. En total, entre documentación y escritura, tardé unos cuatro años.
—¿Ha cambiado tu forma de escribir respecto a tu primera novela?
—No, sigo escribiendo igual. Yo digo que soy “vomitona”: escribo sin parar, dejo que todo salga, y al día siguiente corrijo. A veces borro todo, otras veces arreglo, y en raras ocasiones me gusta tal cual. Es mi forma de trabajar y no sé hacerlo de otra manera.
—¿Te gustaría que la novela transmitiera algún mensaje a los lectores?
—No tengo grandes aspiraciones, pero me gustaría que ayudara a entender lo que es realmente una guerra. No son cifras: son familias, hijos, padres. Me gustaría un mensaje más bien pacifista. Si alguien, después de leer el libro, habla con su abuelo y descubre su historia, para mí ya tiene sentido.
—Para terminar, ¿qué planes tienes en los próximos meses?
—Ahora estoy centrada en la promoción del libro: presentaciones, entrevistas, clubes de lectura…Pero yo siempre estoy escribiendo. Para mí no es una obligación, es una necesidad. Escribo desde pequeña. Aunque antes lo tiraba todo, ahora sigo creando historias más largas. No escribo pensando en el público, sino porque me sale.




