¿En qué momento una palabra deja de ser una intrusa y se sienta a la mesa como una más de la familia? Nadie lo sabe con exactitud, pero el nuevo diccionario de la RAE acaba de responder a esa pregunta unas 6.000 veces.
Hay libros que no se leen; se consultan. Y, aun así, pocos retratan una época con tanta crudeza como un diccionario. La Real Academia Española y la Asociación de Academias de la Lengua Española (ASALE) presentaron el 30 de octubre la 24.ª edición del Diccionario de la lengua española, el DLE de toda la vida, que ya puede consultarse en línea. La cifra impresiona: alrededor de 6.000 artículos nuevos. Hay etimologías inéditas. Y hay algo menos visible, quizá lo más relevante: una arquitectura concebida desde el principio para el entorno digital.
Las palabras no entran por decreto. Llaman a la puerta, a veces durante años; lo demuestra la campaña de los universitarios que piden que «debatiente» entre en el Diccionario de la RAE. La Academia escucha, observa, documenta. Y un día abre.
Un diccionario que ya no huele a papel
Sebastián de Covarrubias publicó su Tesoro de la lengua castellana o española en 1611, y la propia Academia, fundada en 1713, necesitó más de veinte años para completar los seis volúmenes del Diccionario de Autoridades, aparecidos entre 1726 y 1739. Tomos para el atril y para la duda resuelta con polvo en los dedos.
Del atril a la pantalla del móvil
La lengua, sin embargo, ya no cabía en esos tomos. El español se habla en continentes enteros, y su vitalidad se mide tanto en las calles de Bogotá o Sevilla como en los foros académicos más lejanos; basta recordar cuando el Instituto Cervantes reunió a hispanistas de toda Asia en su sede de Madrid. Un repertorio que aspira a recoger esa diversidad no podía seguir pensándose como un mueble. Tenía que ser un lugar al que se llega con un toque.
La 24.ª edición rompe con la herencia del papel de una manera discreta pero radical. Hasta ahora, cada versión se pensaba para la imprenta y después se volcaba en la red. El orden se invierte. La obra se ha levantado para ser navegada, con más enlaces entre entradas, de modo que una consulta conduce a otra y el lector salta de una voz a su origen y de ahí a sus parientes léxicos. Se parece menos a un inventario y más a un mapa de caminos.
«Un diccionario no fija la lengua: la fotografía en movimiento, como quien retrata un río sabiendo que mañana el agua será otra». (destacado)
Las palabras que el siglo XXI nos ha obligado a aceptar
Entre las novedades que más conversación están generando figuran cuatro voces que, leídas juntas, funcionan casi como un ensayo sociológico en miniatura: influencer, ceo, antiedad y basuraleza.
Influencer y ceo: anglicismos con pasaporte
Influencer llega tal cual, con su grafía inglesa intacta. Hubo quien soñó con alternativas castizas; el uso fue más tozudo. Más curioso resulta el caso de CEO, la sigla corporativa por excelencia, que el diccionario acoge como ceo, en minúscula, ya convertida en sustantivo común. Es el camino clásico de tantas siglas que acabaron perdiendo las mayúsculas a fuerza de pronunciarse: le pasó a láser, le pasó a ovni. Las palabras también se naturalizan.
¿Rendición ante el inglés? Puede leerse así. También puede leerse como lo que siempre ha hecho el español, una lengua mestiza que absorbió el árabe, el náhuatl o el francés sin perder el alma.
Antiedad y basuraleza: el espejo de nuestras obsesiones
Antiedad dice mucho de una sociedad que gasta fortunas en cremas, tratamientos y promesas contra el calendario. Basuraleza, en cambio, tiene algo de hallazgo poético y de denuncia: une basura y naturaleza en una sola palabra para nombrar lo que dejamos tirado en el monte, en la playa, en la cuneta. Es un término feo para una realidad fea, y quizá por eso funciona tan bien.
Ninguna de las dos habría tenido sentido para los académicos del siglo XVIII. Las dos describen con exactitud el nuestro.
Blanco sobre negro: lo que queda escrito
María Moliner dedicó media vida a un diccionario propio, escrito en la mesa de su casa, convencida de que las definiciones debían servir a quien habla y no al revés. Algo de ese espíritu late en esta edición, más pendiente del hablante real que del ideal normativo.
Habrá debate, como siempre. Algunos lamentarán que el inglés se cuele sin pedir permiso; otros celebrarán que la Academia deje de mirar el idioma desde el balcón. Las dos posturas tienen su parte de razón, y esa tensión es precisamente lo que mantiene viva una lengua.
Porque un diccionario es, en el fondo, un acta notarial de lo que fuimos diciendo. Dentro de veinte años, alguien abrirá esta 24.ª edición —en una pantalla, claro— y encontrará antiedad junto a basuraleza, influencer a pocas búsquedas de ceo. Y entenderá, sin necesidad de libros de historia, qué nos preocupaba, qué vendíamos, qué tirábamos. Las palabras, como la tinta blanca sobre fondo negro, son lo único que permanece cuando todo lo demás se apaga.
