Tras un precioso día de primavera caía la noche. Un cielo repleto de estrellas y una Luna llena iluminaban todo cuanto cubrían. La noche invitaba a pasear hasta el cine de verano donde aquel día se celebraba una velada de boxeo. Sobre el dorado albero se levantaba un improvisado cuadrilátero. Sentados en sillas de enea, el público, esperaba la salida de los púgiles. La misión consistía en golpear hasta que uno cayera a la lona. Curro estiraba la musculatura mientras esperaba la salida hasta el cuadrilátero. El albornoz sobre sus hombros y el chasquido de los dedos de su preparador lo advirtieron. Era la hora.
--“Curro, ese bulto no durara un asalto. Cualquiera se daría cuenta de eso”.
Caminaba directo a la pelea mientras el otro púgil se movía nervioso y tenía aspecto de perdedor, no porque le faltase voluntad para vencer sino, porque de verdad, y según su historial, era considerablemente inferior a él. El público asistente a aquella velada de boxeo apoyaba a Curro mayoritariamente. Era un combate ganado antes de pelear.
En el primer asalto, el baile de sus piernas y sus reflejos abortaron cualquier posibilidad de ser golpeado, por el contrario, el otro boxeador, sí había recibió de manera continua los primeros zarpazos en la cara y el estómago.
--“¡Dale, no pares!”-animaba su preparador-.
Después de un golpe en el hígado, su oponente, perdió el equilibrio y tras recibir un posterior gancho de derecha escupió el protector hasta una de las esquinas. El combate, a pesar de estar en su primer asalto, tenía un claro vencedor. El rival estaba muy tocado para resistir otro asalto semejante. El público vociferaba, animando a Curro con la seguridad de ser el vencedor. Sentado en su rincón, Curro, aliviaba el esfuerzo de la pelea con el frescor de la esponja mojada. No prestaba atención a la masa que lo animaba.
--“¿Qué hago aquí? (ese espontaneo y leve susurro llegó a oídos de su entrenador).
--“¿Qué tonterías dices?”.
Sin atender el reproche paro unos segundos para contemplar un cielo estrellado con Luna llena cuya claridad invadía la noche. Aquella enigmática hermosura lo mantuvo abstraído y lo empujó abruptamente hacía recuerdos del pasado: la búsqueda del camino para encauzar su vida, la duda de permanecer en el Ejército …….
--“¡Vamos Curro, ya es tuyo!” – lo animaba-.
Sonó la campana del segundo asalto y con una felina mirada atrapó la luz de la Luna que cubría su cabeza.
--“¡Cuántos sueños sin cumplir!” –se dijo-.
En un instante, desconcentrado, recibió un golpe tan sorpresivo de su oponente que casi lo tumba en la lona. A pesar de la euforia inicial del contrincante su gesto de rabia fue tan explícito como para que el otro no se acercara en lo que quedaba del asalto. Ambos bailaban en el ring sin otro objetivo que el de mantenerse alejados, sin contacto, como dos bailarines sin partitura a la que seguir. Uno, por temor a que le cayera una lluvia de golpes sufrida en el asalto anterior, y él, abstraído del combate por aquellos pensamientos que le arrebataran la concentración.
Los congregados en el cine de verano, convertido aquella noche en un ring de boxeo, esperaban que el débil volviera a besar la lona, aunque un asalto más tarde se oyeron silbidos de protesta.
-- ¡Tongo!-dijo una voz procedente del ambigú –.
--¡Vamos, Curro, túmbalo ya! –gritaba alterado su preparador-
En un segundo descuido, su oponente, perdió el miedo, de hasta entonces, a ser, una vez más, castigado y aprovechó para golpearlo por segunda vez. Curro regresó al momento presente y descargó una lluvia de golpes, manteniendo al rival arrinconado hasta el fin del asalto. El hombre aguantó. Pareciera que estaba sujeto por hilos invisibles que le impidieran caer. El combate retornaba al inicio. Cuando Curro demostraba su incuestionable y demostrada superioridad. El público se levantaba rugiendo. Detrás de la sombra acobardada del púgil que se protegía con sus propios puños para evitar ser golpeado, brillaban los ojos enfurecidos de Isabel. Novia de Curro.
--¡Termina ya! ¡Pégale! –gritaba ella-.
Curro reaccionó castigándolo, llevado por la rabia de los recuerdos de cuando comenzara a boxear. En aquellos tiempos decidió que esa habilidad suya para bailar y golpear sobre una lona podía ser la mejor manera para ganarse la vida. Su fuerza, su técnica y su habilidad eran incuestionables. Aún permanecía castigando a su rival. El otro acurrucado en una esquina con la respiración jadeante y el convencimiento de que sería golpeado hasta caer. Las rabias en los ojos de Curro se reflejaron en los de su oponente que contaba los segundos sin dejar de ver, una y otra vez, los guantes de su oponente chocando contra su cuerpo. Estaba exhausto, no podría aguantar, permanecía petrificado en la esquina donde recibiera semejante paliza.
Antes de oír la campana final Curro abandonó el cuadrilátero entre el asombro del público, los gritos furiosos de su preparador y la mirada de desprecio de Isabel. Caminaba en solitario hasta el vestuario mientras la silueta de ella desaparecía confundida entre el público.
Caminaba con pasos cortos sin otra compañía que aquellas estrellas que circundaban a una la inmensa y seductora Luna. Eran buena compañía para iniciar una vida. Parecía convencido de ello.
Carmen Torronteras de la Cuadra (reformada 15/ MAYO 2026)
