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Drácula Una Comedia Terrorífica
Drácula Una Comedia Terrorífica
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Drácula: la comedia terrorífica más irresistible

  • Cinco actores, más de quince personajes y humor negro: el vampiro de Stoker estrena en el Rooftop Lírico del Calderón

¿Qué queda del miedo cuando el monstruo más ilustre de la literatura decide reírse de sí mismo? La pregunta sobrevuela la azotea del Teatro Calderón, donde Drácula, una comedia terrorífica celebra su estreno oficial en Madrid con un propósito tan sencillo como subversivo: que el escalofrío acabe en carcajada.

Llega con las credenciales de quien ya ha probado sangre. En Bilbao, sobre las tablas del Teatro Campos Elíseos, más de 700 espectadores se dejaron morder por el Conde antes de que la compañía pusiera rumbo a la capital. Y aterriza en el momento justo, cuando el gusto por lo macabro se respira en cada esquina, del terror que estos días se cuela gratis en las pantallas a las calabazas de cualquier escaparate. Pero esto es otra cosa. Esto es teatro. Y del que suda.

Un vampiro que ya no da miedo (y lo sabe)

Desde que Bram Stoker publicara en 1897 su novela epistolar, el Conde ha sido muchas cosas: aristócrata decadente, metáfora de la enfermedad y del deseo reprimido, sombra alargada del expresionismo alemán, capa impecable en el cine de los años treinta. Lo que casi nunca había sido es un personaje de vodevil.

Gordon Greenberg y Steve Rosen se atrevieron con él en Dracula: A Comedy of Terrors, el texto original que ahora llevan al castellano Sara Pérez y Javier Ruescas. Ella firma, también, la dirección. La jugada consiste en tomar los códigos del género —el castillo, la niebla, la mordida, el cazador obstinado— y retorcerlos hasta que crujan.

Sucede lo mismo con las historias de misterio que nos acompañan desde la infancia: cuanto mejor las conocemos, más disfrutamos cuando alguien se atreve a ponerlas patas arriba. El público llega sabiendo quién es Drácula, qué quiere y cómo termina todo. Precisamente por eso se ríe.

Dracula Una Comedia Terrorífica Momento
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Cinco cuerpos, más de quince almas

La proeza está en el reparto. Alexandre Ars, José Cobertera, Paula García Lara, Mercedes Salvadores y Víctor Nacarino se reparten más de quince personajes en una función que no concede tregua. Cambios de vestuario a la carrera, voces que mutan, identidades que se superponen sin pedir permiso. Lo que se ve es un número de prestidigitación escénica en el que el truco consiste, justamente, en dejar a la vista las costuras.

Hay ahí una tradición noble, la del teatro de pocos intérpretes y muchos rostros, esa que convirtió Los 39 escalones de Patrick Barlow en un fenómeno de los escenarios británicos. El humor negro añade otra capa. La risa nace del exceso, del absurdo, de la conciencia compartida de que todo es mentira. Y funciona por eso.

Humor negro sobre fondo oscuro

Hay montajes que piden butaca de terciopelo y otros que reclaman altura. El Rooftop Lírico, en lo alto del número 18 de la calle de Atocha, regala al Conde un escenario inesperado, con Madrid encendida a sus pies y la noche haciendo de telón. Es el contraste que tanto nos gusta en esta casa: el blanco sobre el negro, la carcajada que relumbra contra la penumbra gótica.

«La risa es la única estaca que no mata.»

La propuesta no esconde sus cartas. Ritmo vertiginoso, situaciones disparatadas, transformaciones y sorpresas encadenadas como las cuentas de un rosario profano. Lejos de la solemnidad del mito, este Drácula sale a conquistar a la platea a golpe de colmillo y de chiste, sin la menor intención de disculparse.

Una noche de estreno con alfombra… y colmillos

La coproducción de La Coja Producciones y La Charito Escena ha querido que el desembarco madrileño tenga algo de ceremonia. Para la noche de estreno están convocados nombres de la cultura, el cine, la televisión, las artes escénicas y las redes sociales, una mezcla que retrata bien al público al que apunta el espectáculo: el que creció con los vampiros en blanco y negro de la sesión de madrugada y el que los ha descubierto entre vídeos de quince segundos.

Esa convivencia de generaciones no es casual. La comedia terrorífica funciona como un puente entre quienes reconocen cada guiño al clásico y quienes llegan sin más equipaje que las ganas de pasarlo bien.

¿Por qué reírse del monstruo?

Quizá porque la risa es la única estaca que no mata. Burlarse del vampiro equivale a reconocerle vigencia, a admitir que sigue ahí, agazapado en el imaginario colectivo, lo bastante vivo —o no muerto— como para resistir la parodia. Las grandes figuras sobreviven a la caricatura. Las menores se desvanecen con ella.

Tras su paso por el País Vasco, la temporada en el Rooftop Lírico se presenta como la prueba de fuego de una apuesta valiente: devolver a la cartelera el placer del juego, del disfraz, de esa complicidad casi infantil entre quien finge y quien acepta el engaño.

Cuando se apaguen las luces sobre la azotea del Calderón quedará una certeza incómoda y deliciosa. El Conde ha sobrevivido a la luz del día, a los crucifijos y a más de un siglo de películas. Lo que nadie esperaba es que sobreviviera también a la carcajada. Tal vez sea esa, al fin, su verdadera inmortalidad.

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