El extremo norte de Mallorca, lengua de roca hundida en el Mediterráneo, recuperó por unas horas su vocación de faro literario. El escritor portugués subió a recoger el galardón y no se conformó con el agradecimiento protocolario. Habló del presente. De lo que respiramos a diario. Y de lo que, casi sin darnos cuenta, hemos dejado de decir.
La palabra como última frontera
La tesis de Gonçalo M. Tavares cabe en una línea: un idioma que se empobrece abre la puerta a poderes que no admiten matices. Enlaza con quienes defienden que la palabra nos hará libres, convicción que hoy suena menos a lema que a urgencia. No es una idea nueva. Orwell la convirtió en pesadilla con la neolengua de 1984, y Victor Klemperer anotó con paciencia de filólogo cómo el nazismo corrompía el alemán palabra a palabra. Pero pocas veces se ha escuchado con tanta pertinencia desde un atril.
Una atmósfera difícil de respirar
El autor recurrió a una imagen de una eficacia inquietante. Vino a decir que cuesta respirar, porque las noticias nos llegan cargadas de monóxido de carbono: un gas que no se ve, que no huele, que adormece antes de matar. Lo peligroso no es el estruendo. Es la asfixia lenta, la que se produce mientras seguimos convencidos de que todo marcha bien.
Frente a esa intoxicación, la literatura no ofrece consignas. Ofrece complejidad. Y en un tiempo que premia el eslogan, la frase corta y el insulto viral, reivindicar la complejidad es casi un acto de resistencia. No sorprende que la poesía y la narrativa vuelvan a ocupar las plazas: ahí están los poetas que alzan la voz contra el fascismo en trece ciudades, prueba de que el verso todavía sabe plantarse.
Lo que vio el jurado
El acta, firmada el 3 de marzo de 2026 por Elide Pittarello, Gerald Martin, Sònia Hernández, Pilar del Río y su presidente, Basilio Baltasar, ya anticipaba el tono. Los miembros del jurado distinguieron al autor por tres razones: haber revelado las derivas imprevistas de una humanidad que se teme a sí misma, narrar esa epopeya contradictoria que es el desconcierto de nuestro tiempo y tener la audacia de levantar una obra que rehúye cualquier atajo evidente.
Veinticinco años borrando fronteras
Un cuarto de siglo lleva Tavares desdibujando las aduanas que separan los géneros: novela, poesía, teatro, ensayo y artefactos difíciles de clasificar conviven en un mismo territorio. El jurado subrayó la potencia de esa voz, la originalidad que deslumbra y una imaginación de músculo firme. Sus personajes, excéntricos hasta la incomodidad, encarnan las dimensiones más extrañas de la condición humana. Y su gran mérito, según el fallo, consiste en dar cuerpo y voz a aquello que la cultura preferiría callar, una suerte de exorcismo que, en lugar de asustar, libera.
El reverso de la realidad
Hay en sus ficciones una penumbra que oscurece el alma y el cansancio de una Historia que busca en ellas una redención. El dolor y el deseo chocan allí como un estallido que se anuncia y nunca acaba de producirse. El jurado destacó también su forma de retratar la violencia oculta bajo convenciones psicológicas, morales y mecánicas, para entender de dónde nacen los conflictos que nos desgarran.
Esa ingeniería filológica (la expresión es del propio fallo) desmonta las inercias gastadas de la novela y propone nociones inéditas. Tavares pertenece a la estirpe de quienes cuentan la cara oculta del mundo: la de Kafka, la de Beckett, la de un Pessoa que se multiplicaba en heterónimos para decir lo indecible. Con un lenguaje capaz de ensanchar los significados dormidos de las cosas, el portugués honra a sus antepasados sin repetirlos.
Un galardón con memoria
El Formentor nació en 1961 con un reparto que hoy parece una declaración de principios: Jorge Luis Borges y Samuel Beckett compartieron aquel primer premio. Desde entonces, el cabo mallorquín es sinónimo de literatura exigente, reacia a las concesiones. Que el galardón de 2026 haya recaído en un autor que desconfía de la obviedad encaja como un guante con su linaje.
Un escritor que trata el lenguaje como asunto político recuerda algo que el ruido sepulta: cada palabra perdida es una idea que ya no podremos pensar con precisión. Cada matiz que desaparece deja un hueco. Y los huecos, tarde o temprano, alguien los ocupa.
Un faro en el borde de una isla, un escritor que advierte del aire viciado y un auditorio que, durante unos minutos, aceptó la incomodidad de escuchar. Nada más alejado del espectáculo. Y, quizá por eso, nada más necesario.
Tavares no propuso soluciones; tampoco era su papel. Hizo algo más difícil: devolver a la palabra su peso, su densidad, su capacidad de herir y de curar. En una época que confunde la rapidez con la claridad, su discurso funciona como el trazo blanco sobre el fondo oscuro, nítido precisamente porque no se disuelve en lo que lo rodea.
Tal vez la pregunta ya no sea qué dicen las noticias, sino cuántas palabras nos quedan para entenderlas.
