¿Qué le queda a quien hizo del cuerpo su único idioma cuando ese cuerpo empieza a hablar en otra lengua? La pregunta atraviesa, como un hilo de luz sobre el escenario a oscuras, el libro con el que Igor Yebra se asoma ahora al lector. ¿Por qué somos tan estúpidos y no estamos ya bailando? es su autobiografía, pero también la crónica de un duelo que nadie ensaya: el que llega con el diagnóstico de esclerosis múltiple.
El título desconcierta, casi provoca. Parece una carcajada y, sin embargo, encierra una advertencia. Porque el autor no escribe desde la nostalgia del aplauso, sino desde la necesidad de entender qué ocurre cuando la vida decide reescribir el guion sin pedir permiso. En tiempos en los que la danza sigue llenando de público los grandes escenarios españoles
Una leyenda forjada en los teatros del mundo
Para medir el alcance de este combate conviene mirar atrás. Yebra ha sido bailarín, coreógrafo, maestro, actor y director: un artista total cuya carrera internacional se sostuvo siempre sobre una misma certeza, el dominio absoluto del movimiento.
Aprendió el oficio junto a Víctor Ullate, una de las escuelas más determinantes de la danza española. Desde allí emprendió un vuelo que lo llevó a los escenarios más exigentes del planeta, esos donde el público no perdona un titubeo y la crítica mide cada línea con lupa.
El primer bailarín no ruso en el Kremlin
Hay hitos que parecen escritos para la leyenda. Yebra fue el primer bailarín no ruso en encarnar a Iván el Terrible en el Kremlin, un territorio sagrado de la tradición coreográfica eslava. Su nombre quedó ligado además a los ballets de Burdeos, Roma y Australia, compañías donde se interpretan con rigor los grandes títulos del repertorio clásico, como El lago de los cisnes. Más tarde asumió la dirección del Sodre uruguayo, cerrando un círculo que iba del intérprete al guía.
Con semejante trayectoria, la noticia de la enfermedad adquiere un peso casi trágico. No se trata de un tropiezo más en una carrera, sino del giro de guion más radical que puede sufrir alguien cuya identidad entera se construyó en el movimiento.
Cuando la vida cambia el paso
Lejos de encerrarse en el lamento, Igor Yebra convierte la experiencia en un texto que trasciende lo personal. Su pregunta de fondo nos alcanza a todos: ¿cómo se sigue avanzando cuando el suelo que pisábamos cambia de inclinación?
El libro propone una reflexión serena sobre la adversidad a través de cuatro palabras que el bailarín conoce bien. La disciplina, aprendida en la barra durante años. La vulnerabilidad, que el escenario suele disfrazar de fuerza. La identidad, que se tambalea cuando el cuerpo deja de responder. Y la capacidad de levantarse otra vez, quizá la lección más difícil que enseña la danza.
«Cada vida ensaya en silencio su propia coreografía, hasta que un día la música cambia sin avisar».
Del dolor al acompañamiento
Lo más valioso de esta obra no reside en la confesión, sino en su vocación de compañía. El autor comparte su historia para que el dolor se transforme en abrigo y la experiencia vivida se convierta en una herramienta útil para quien atraviesa un trance semejante.
Hay en ese gesto una generosidad poco frecuente. Quien ha sido admirado por su virtuosismo decide mostrarse ahora sin maquillaje, con la honestidad de quien sabe que la fragilidad compartida pesa menos. El ensayo autobiográfico se vuelve así un tratado íntimo sobre el arte de bailar, entendido no solo como técnica, sino como forma de estar en el mundo.
¿Seguimos bailando cuando cambia la música?
Todos dibujamos, en algún momento, un mapa de pasos para nuestra existencia. Imaginamos la entrada, el desarrollo y el final aplaudido. Pero tarde o temprano algo altera la partitura: una pérdida, una enfermedad, un revés que nadie había anotado en el programa de mano.
Es entonces cuando surge la cuestión verdaderamente importante, la que Yebra deja flotando en cada página: ¿somos capaces de continuar la danza cuando la melodía ya no es la que esperábamos?
La danza como refugio y respuesta
Para responder, el autor recurre a aquello que mejor conoce. La danza le ofrece alegría, libertad, superación y evasión, cuatro regalos que no dependen de la perfección del gesto, sino de la voluntad de moverse. Pina Bausch pedía a sus intérpretes que bailaran para no perderse; Yebra parece recoger ese testigo desde otra orilla, la de quien ha tenido que aprender de nuevo a escuchar su propio ritmo.
Su conclusión, lejos de sonar ingenua, resulta profundamente lúcida: mientras quede un compás, la única reacción sensata ante la adversidad es seguir bailando. No como huida, sino como afirmación.
Quizá esa sea la gran enseñanza de estas páginas. Que la estupidez de la que habla el título no consiste en caer, sino en quedarse quieto esperando a que vuelva la música de antes. Y que, a veces, el paso más valiente es el que damos con la melodía cambiada, sobre un escenario que ya no es el nuestro, pero que seguimos habitando con toda la dignidad del mundo.