Estuve leyendo por segunda vez, después de algunos años, el libro del poeta argentino López Milton López (Buenos Aires, 1978) y me decidí a reseñarlo, pues considero oportuno hacerlo, dado que éste, al ser su primer libro, da suficientes indicios de la voz que en esencia expandirá luego sus obras venideras.
López, ha convertido su primogénita obra poética en la punta lanza que traspasa el cuerpo de la palabra, hasta los tejidos de su músculo. Desde allí realiza la lisis de sus versos, para tratar, como bien marca el autor en uno de sus versos, a la marea roja imperceptible en los huesos.
El poemario del que les hablo y me refiero se titula Las relaciones del hambre (editorial Lamás Médula), cuya edición data del 2016, en cuanto a su estructura podemos decir que es una obra que consta de 76 páginas y que comprende tres capítulos: Huesos de hombre, Las relaciones del hambre y La espera es un arma / la mirada es un arma.

El poeta a lo largo y ancho de sus poemas, se desplaza con el hambre que por momentos parece de alguna manera saciar, para después ahogarse finalmente con la propia sed desesperada.
Sus poemas están plagados de supervivencia, y retrata la manera en que ésa obligatoriedad vital se vincula con lo más oscuro del ser, así lo describe en un poema: Como cuchillas sobre los latidos del cuerpo/ el alimento que conforma y hace / de la voracidad / este instinto de supervivencia.
Milton agudiza la observación, y la contempla, afina el ojo de la nostalgia y de lo fugaz, y nada pretende rescatar: solo mira a todos los espectros que le pasan de frente y por encima, hay cierta tranquilidad que lejos de ser una actitud resignada, resulta por lo contrario, reflexiva y atormentada.
La intención es despedirlos con la misericordia que únicamente son capaces de poseer los poetas, para luego terminar por renunciar, da testigo de ello, los siguientes versos que aquí les comparto: Agujerear la distancia/ para ser atravesada con los mismos ojos/ el tacto de las pupilas sobre el paisaje/ para el reconocimiento de la sombras/ en el relieve de las flores.
Porque al autor no lo persigue el ruido de una persiana cerrándose, sino el chillido de las ruedas de una camilla siendo trasladada hacia una habitación sin ventanas donde un apetito se desgrana:
Y esta atmósfera redoblando apuestas/ a ver quién carga la última metáfora disponible/ en la ración de los platos que se almuerzan.
La mesa hospitalaria donde el alimento da lugar a la voracidad, es lo que destaca lo vivo como tal, la desesperada e incómoda propulsión del instinto el círculo impiadoso del dolor-placer-placer-dolor y la gestación paulatina de un inminente derrumbe donde el cuerpo, otra vez como náufrago y huérfano, es en sí mismo una pendiente en caída frenética e irreparable, que se sirve de la ración que se deshace en el vertiginosos peso de la gravedad.
La noche, el viento, la sangre, los huesos, es lo presente y rumiante en López, lo que persiste y con eso, ha creado su propio laboratorio de imágenes con la esperanza de dar con el diagnóstico certero, sin embargo logra vaticinar su verdad; todo le resulta ajeno y por lo tanto confuso, las relaciones del hambre son la afección, y como tal, busca un sin fin de indicaciones hechas poemas como tratamientos paliativos:
Batir las palmas de las manos
frente a la luz
la última justo detrás
de árboles en hileras en el fondo del horizonte
donde la visión se opaca
por su declive
en la belleza sutil del viento.
Los últimos rayos de sol en la tarde, el haz de luz que juega con las sombras de los gigantes, y como escribe el autor de Las Relaciones del hambre, nunca el regreso nunca.



