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REVISTA CULTURAL BLANCO SOBRE NEGRO


                                                                            

 

Valentina Caputo Todo Lo Demás
Valentina Caputo Todo Lo Demás
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Todo lo demás (Alción Editora), el nuevo poemario de Valentina Caputo.

Versos desoladores, cortes justos como peldaños de capas de tierra.

Siendo la una de la tarde, a fines de marzo, leo la nueva obra de Valentina Caputo. En la primera línea dice que se la dedica a su mamá, lo que se traduce en algo universal para quien la lee. El arte, en cualquiera de sus disciplinas —música, pintura, escritura, teatro, cine—, encuentra en la figura de la madre algo que toca fibras frágiles, vulnera y abre la caja torácica para hallar lo que Valentina pronuncia en alguno de sus versos: una sístole atrapada en metal frío. Es que la temática nos tiñe a todos por igual; es una figura tan significativa en nuestras vidas.

Los versos de este poemario duelen, dejan un abatimiento pronunciado, un punto de quiebre irreversible: Me atraganto con fragmentos / y el aire se llena de aristas. Colapso / me desbordan las formas / y no sé si me estoy expandiendo / o ramificando hacia lugares de los que no voy a volver.

El poema también ha sufrido una transformación: es otro, porque la poeta lo despega con la espátula del lenguaje de su fuerte adherencia, esa que oprimía su piel y su espíritu.

Versos desoladores, cortes justos como peldaños de capas de tierra por donde descender, o escaleras hacia un cielo —sin importar cuál—, conducen a una aflicción envuelta en develamiento, tal como lo menciona el escritor Gonzalo Unamuno: los poemas de Todo lo demás son gemas delicadas, piezas de una orfebrería única y notable en su precisión y en su sensibilidad.

Todo Lo Demas

La ausencia, el desconocimiento, el ovillo del pasado, la identidad, lo que vive sin presencia:
El pulso que permanece / en un objeto inerte / la vibración de una cuerda / cuando la mano ya no está.

Logra, como un vitascopio, ofrecer secuencias de una imagen audaz, bien cuidada y certera del pretérito imperfecto de la angustia, la llegada a destiempo, el cimbronazo súbito de una transfiguración: Nombrar es siempre llegar después / cuando lo que iba a decir / se convirtió en otra cosa.

El ansia por recuperar, adentrándose en la memoria y en el recuerdo del mar, y sobre todo en la suficiencia de lo siempre inacabado, como sitio donde el cuerpo se debe a la obligatoriedad de reacondicionarse: Si me encuentran / será así:/ con las manos llenas de partes que no encajan,
la piel habitada por huecos / y el cuerpo latiendo / en cada pedazo suelto / como si fuera el único.

El paradero de la vigilia como acto insoslayable, tal como Olga Orozco manifiesta en alguno de sus versos: No me juzguéis ahora. / Esperadlo conmigo. / Su muerte ha de alcanzarme tanto como su vida. La autora de Todo lo demás lo refuerza: Siempre habrá alguien / en lo intacto / en lo que no volverá / en la espera.

La poeta lleva consigo un poder de obrar y lo consigue con creces, pues, como menciona Dostoyevski en Memorias del subsuelo, solo se logra si de antemano se alcanza una perfecta tranquilidad, sin el menor indicio de duda. Así, Caputo, como una manivela, evoca escenarios seguros e imposibles en el mundo de los vivos y, sin embargo, asequibles en los astros de la poesía: todo sucede, según pronuncia uno de sus poemas, en un filo que oxida.

En Todo lo demás, hay mucho por decir: siempre habrá algo que estará por verse.

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